Opinión: De la moción de censura a la moción de conjura

Casado, en su alegato más contundente desde que lidera el PP, fue al choque contra Abascal y se desmarcó del líder de Vox
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Pablo Casado durante su intervención en el debate de la moción de censura. Fotografía | Europa Press

Julio César, uno de los tipos más siniestros de la historia de la humanidad y que menos le importaba el lastre que dejaba con tal de alcanzar sus objetivos, dijo en una ocasión que “nada es más fácil que censurar a los muertos”. Eso es probablemente lo que pretendía Santiago Abascal con su cacareada moción de censura —tres meses llevaba anunciándola a bombo y platillo—. Pero no que el muerto censurado fuera Pedro Sánchez, de hecho ha resucitado la cohesión del Gobierno y sus socios, sino Pablo Casado, quien, si no muerto, llevaba un tiempo zombi.

Acorralado por los continuos fracasos electores y las discrepancias internas, las mismas que le obligaron a despojar a Cayetana Álvarez de Toledo de la portavocía y a prohibir la ruptura de la disciplina de voto, el presidente del Partido Popular sorprendió con el discurso más contundente que ha pronunciado desde que tomara los mandos de Génova 13 hace ya dos años.

Y no lo hizo contra el “Ejecutivo socialcomunista”, sino contra aquel con el que se disputa el liderazgo de la derecha. “No quiere cambiar al Gobierno sino suplantar al PP, pero abandone toda esperanza”, le recordó al “señor candidato” —la de veces que Sánchez utilizó esa expresión para dirigirse irónicamente al líder de Vox—.

Lo cierto es que Abascal se lo puso demasiado fácil para que el “No” fuera la decisión final de Casado. En un discurso sin propuestas y lleno de los tópicos voxeros —especialmente pesado fue lo del “virus chino”—, Abascal apeló a su estrategia habitual de recordar el número muertos por el coronavirus, el Apocalipsis económico que le aguarda a este país y la cobardía de la Oposición por permitírselo. Hasta don Pelayo, como incidió ingeniosamente Arrimadas, parecería un “traidor” a la causa española en comparación con el presidente de Vox.

Ante todo ese panorama, Casado no tenía otra opción. Renunció a la estrategia de complicidad rooseveltiana de “es un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta” con Vox y disparó con bala contra su alegoría perniciosa —se dirigió a ellos como la “derecha populista”—.

“El dislate que hemos presenciado no es una moción de censura contra Sánchez, sino contra China, Soros, Botín, la Unión Europea, las autonomías y hasta la vestimenta de los políticos. ¡Si hasta citó a Hitler y la URSS!”, fue la condensación que hizo el jefe de la Oposición del trampantojo de “enemigos de España” que había mencionado Abascal, para acabar sentenciando: “Querían cortar dos orejas al PP y han acabado de monosabio de Iglesias”. Abascal, desencajado, apenas tuvo reacción frente al renacido Casado.

Cuando el argumentario para censurar a un gobierno, y mira que este ha cometido múltiples errores desde que se conformó en enero, incluye aquello de que “se ponen sus mejores galas para una fiesta del cine pero acuden al Congreso o a la Zarzuela vestidos de algo peor de como exige la etiqueta en los botellones”, lo hace inviable para que reciba el apoyo de ninguno de los miembros de la Cámara Baja. El resultado, elocuente, fue 298 contra 52 —los 52, claro está, de Vox—.

Tal fue el espectáculo, que a Sánchez, que asistía expectante a ese fratricidio en la derecha como quien come palomitas en el cine, se le presentó a bocajarro la oportunidad de recriminarle a Abascal lo mismo que este hace con el “marqués de Galapagar”. “En julio fue a un banco a firmar una hipoteca. Anunció una moción de censura y se fue a disfrutar del chalecito unos cuantos meses”, le espetó.

El propio Pablo Iglesias tuvo una intervención, “en representación del Gobierno” —¡Ay, lo que le encanta cada vez que se lo dice Meritxell Batet!—, en la que le salió la vena docente. Primero, elogiando al alumno, Casado, por su discurso —calificándolo de “brillante” y “digno de la derecha española más inteligente”—; después, compadeciéndose de él —“llega demasiado tarde”—; y finalmente, atizándole a diestro y siniestro —reprochándole que debería parecerse más a Cánovas, Donoso Cortés y su otrora denostada Angela Merkel y menos a la “ultraderecha”—. Demasiado fatuo, hasta para el vicepresidente.

Casado, tras su alegato del jueves, tiene una tarea complicada. Por un lado, se desmarca parcialmente de la foto de Colón, que también le recordó el líder de Podemos; pero por el otro, aparece ahora en la de los que les dijeron “No” a Abascal; es decir, “Sí” a Sánchez.

Así, le da la excusa perfecta al presidente de Vox para presentarse como único y verdadero líder de la Oposición frente al “consenso progre” y la corte de “superman” que quieren derrotarle —ahí estuvo gracioso con Rufián—. Para empezar, ya han anunciado, a través de Espinosa de los Monteros —que tuvo un discurso tan pomposo como insustancial—, su “no” al nuevo estado de alarma para frenar el contagio.

De una moción de censura nos ha quedado una moción de conjura. Habrá que ver si se resienten los pactos de legislatura que el Partido Popular tiene firmados con Vox en las distintas autonomías y ciudades en las que gobierno con su apoyo externo —en Andalucía de momento se ha paralizado la negociación de los presupuestos—.

Es posible que el ofrecimiento final que le hizo Sánchez a Casado para hacer una renovación acordada del CGPJ, deteniendo la reforma exprés que había presentado con Iglesias, dé una pista a posibles consensos futuros, aunque sea para el politiqueo de repartirse los jueces. Porque, como le recordó el propio Casado a Abascal, “la política hace extraños compañeros de cama”. Incluso de toga.