Opinión: La Veneno a través de Leiva

La sensibilidad oculta de la Veneno al descubierto en la canción de Leiva 'Nunca debiste cruzar el Mississippi'.

(Se recomienda leer este artículo mientras escucha esta canción: ‘Nunca debiste cruzar el Mississippi’ a bajo volumen. Lo mejor sería ir leyendo el texto y que Leiva cante la estrofa correspondiente que aparezca en el artículo y parar la música tras ello. No es una obligación, pero si lo hace bien, podrá entrar en el ambiente de calma y delicadeza que esta lectura requiere. Allá vamos.)

Nunca debiste cruzar el Mississippi/ Era mucho más salvaje que tú/ Nunca la venganza te curó los años difíciles/ Es más caprichosa que tú. Así comienza la última canción de Leiva, quien se ha encargado de escribir con el carboncillo de la melancolía esta obra cargada de la misma sensibilidad de la que parecía carecer su protagonista. Más que un encargo de Los Javis, directores de la exitosa serie Veneno, esta canción ha sido un regalo póstumo para ella.

Bajo el aguacero, curtida en el oeste/ Que no te hablen de gloria, brillantina y presente/ De eso sabes tú, limusina y puchero/ De reírte en el suelo/ Joselito, Cristina, Veneno... Continúa la letra del icono español de lucha a contracorriente. Riéndose a pesar de estar hundida, con el sabor amargo al puchero de su madre de la localidad de Adra (Almería) y el constante altibajo del champán de la fama. Así es como dibuja el cantautor entre metáforas un halo de empatía entorno a la artista que hace más sensible a quien lo escucha.

Televisión, realidad, ¿a quién le importa?/ Un minutito de gloria y vanidad/ Solo destellos de luz y chispazos de euforia/ Llámalo destino, llámalo casualidad. Y no es que fuera destino, ni mucho menos casualidad su paso por el programa televisivo Esta noche cruzamos el Mississippi. Avergüenza recordar la España del morbo, de la caridad supremacista y de la carcajada despiadada cada vez que aparecía en plató el descaro en persona. Que la idea principal de Pepe Navarro al llevar a Cristina al programa fuera la misma que tiene un feriante exhibiendo el número de la cabra y la escalera, e incrementar la audiencia -una audiencia contaminada de miseria moral, eso sí- es indiscutible. Que sin tenerlo previsto su presencia en tal programa sirviese a fin de cuentas para visibilizar el movimiento trans, también. Pero esto último no surgió desde la benevolencia y el respeto precisamente, sino más bien desde la ignorancia.

Bajo el aguacero, curtida en el oeste/ Que no te hablen de gloria, brillantina y presente/ De eso sabes tú, limusina y puchero/ De reírte en el suelo/ Joselito, Cristina, Veneno... repite en última instancia Leiva, como en una letanía antes de darle fin a la obra. Cristina, desde el tierno niño Joselito hasta la irreverente Veneno fue algo más que puta y santa. El adjetivo de ordinaria, más allá de sus malos modales o vocabulario, adquiere ya en la España actual un significado por el que ella luchó desde un principio: el de la normalidad. Cristina Ortiz, limusina y puchero, quizás hubiera agradecido en aquella época que la hubieran tachado de ordinaria. Hoy ya no podemos. Extraordinaria, especial, diferente… eso ya sí. O al menos esa sensibilidad de una persona que no es igual a nadie. Y esa es precisamente la esencia que nos llega a través de Leiva.