Opinión: Ley de Memoria Democrática, ley de cambio

EL PROGRESO ÉTICO Y MORAL HA DE ESTAR POR ENCIMA DE TODO
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Estamos instalados en la era del progreso y globalización en la que el mundo material ha engullido y está engullendo todo principio y ética. Aún así, hoy es un día importante en el que esa idea de progreso material se ha visto revertida hacia otros rumbos, esto es, hacia aquellos que verdaderamente repercuten en un beneficio social.

En el día de hoy, esta idea de progreso se encuentra representada en la aprobación en el Congreso de Ministros del proyecto de ley de Memoria Democrática que supone un avance con respecto a  la ley de memoria histórica aprobada por el PSOE bajo el mandato de Jóse Luis Rodríguez Zapatero en 2007 que supuso “la primera piedra” para reparar y reconocer a las víctimas del Franquismo y acabar con la exaltación de la dictadura (proyecto que fue entorpecido por los posteriores ejecutivos del Partido Popular).

Esta nueva ley incluirá (entre otras cosas) la ilegalización de la Fundación Francisco Franco, pero hará hincapié en reforzar la cobertura legal para la búsqueda de personas (dotar de medios para exhumar fosas, para así, poder recabar toda la información posible acerca de la opresión y violencia de la Guerra Civil y la posterior dictadura. Destacar, un rasgo importante de la misma, es la prohibición de asociaciones y fundaciones que hagan apología del franquismo, por lo que, dicha reforma repercutirá en la ley del derecho de asociación y la ley de fundaciones. Y es que, un país que dice ser democrático no puede condecorar a sus asesinos (destaca la polémica con el torturador “Billy el niño”).

Por otra parte, mientras nosotros esperamos hasta el 2020  para emprender un proyecto reparador de un pasado “colmado de sangre inocente”. Alemania, según su Código Penal (2005) tipifica la exaltación del nazismo como formas del delito de incitación al odio racial y contempla penas hasta de 3 años de cárcel; ya en su momento, el Tribunal Constitucional alemán ya dictaminó en su día que la norma era compatible con la defensa de la libertad de expresión, tal es la determinación alemana que además, la legislación alemana castiga desde antes de 2005, negar  o relativizar los crímenes del nacionalsocialismo y en especial, la negación del Holocausto.

Esta realidad contrasta con aquellos países en los cuáles los magistrados han absuelto a personas que han realizado algún gesto o discurso que incurra en algún delito de los mencionados anteriormente relacionados con el enaltecimiento fascista amparándose en la libertad de expresión, y es en este momento, en el que llega mi reflexión: ¿Cuál es límite entre el derecho de la libertad de expresión y el dolor de la historia?

En lo que respecta a nuestro país podemos decir que tenemos el artículo 20 de la Constitución Española que dice así sobre la libertad de expresión: derecho a expresar y difundir libremente pensamientos o ideas mediante cualquier medio de reproducción, pero, ¿y sus límites?, ¿por qué no se nos habla de nuestra responsabilidad social?. Este vacío legal ha sido, desde mi punto de vista el que ha dado cauce a que se sucedan comentarios y publicaciones que tendrían que ser censuradas al ser consideradas como un atentado hacia los derechos humanos (documento que debería de ser “papel mojado” y tener verdadera relevancia en un mundo cada vez más sibilino y violento).

En lo que respecta a sus límites, es interesante recordar lo siguiente:

La libertad de expresión no respalda las expresiones que inciten a la violencia en contra de un individuo o un grupo de personas.No se pueden realizar insinuaciones sobre una persona ajenas a la realidad, con el único propósito de fomentar el escándalo público o provocar en ella infamia, calumnia o un rechazo social.La libertad de expresión no puede ser utilizada como excusa para invadir la intimidad de las personas.No puede ser utilizada la libertad de expresión para referirse vulgarmente y sin pudor a temas y asuntos sensibles de la sociedad, por ejemplo, hablar de secuestros, masacres, desigualdades sin tener en cuenta a los afectados o víctimas. Para estos casos se deben medir las palabras.

Por lo tanto, tenemos que recuperar el sentido de la libertad, reconsiderar el mundo y los valores que lo enriquecen, porque si bien es cierto que no podemos reescribir la historia, al menos no nos regodeemos en un pasado oscuro y preservemos la memoria como aquello que nos revaloriza y enseña, y no, como un mecanismo de violencia hacia aquellos que fueron olvidados y oprimidos.