Opinión: La extraordinaria de la Hermandad de las Aguas, memoria que camina

La Hermandad de las Aguas celebró el pasado 26 de septiembre una procesión extraordinaria que quedará grabada en la memoria de Sevilla. No se trataba de una salida cualquiera, sino de un acontecimiento que devolvía a la corporación a su templo fundacional de San Jacinto, a ese lugar donde comenzó su historia hace más de dos siglos y medio. Este regreso, aunque momentáneo, no fue únicamente geográfico: representó un gesto de identidad, de memoria y de continuidad.
La jornada no estuvo exenta de dificultad. Sevilla ardía bajo un calor infernal que parecía querer poner a prueba a cofrades y devotos. Aun así, las calles se fueron llenando desde primeras horas de la tarde, mezclando la expectación de los vecinos con el murmullo de quienes habían esperado largo tiempo este día. Minutos antes de que la cruz de guía apareciera, la bulla era un océano de voces, conversaciones y exclamaciones que daban la medida de la magnitud del acontecimiento. Sin embargo, en cuanto el cortejo asomó a la calle, ocurrió algo que solo Sevilla sabe provocar: un silencio sepulcral se apoderó del ambiente. La ciudad entera pareció contener la respiración, y en ese instante quedó claro que lo que se estaba viviendo trascendía lo ordinario.

Misterio de la Hermandad de las Aguas a su paso por la Calle Pelay Correa. Imagen cedida por Marta Tavira
Para quienes conocemos el peso de las hermandades en la vida sevillana, es evidente que esta salida extraordinaria fue mucho más que un recorrido procesional. La Hermandad de las Aguas no solo sacó a la calle su paso de misterio, también hizo visible la fuerza de una devoción que ha sobrevivido a pruebas tan duras como el incendio de 1942, que consumió enseres e imágenes, y a los sucesivos traslados de sede. Volver a San Jacinto, aunque fuera por unas horas, significó reconciliarse con ese pasado y mostrar que la historia nunca se pierde del todo si hay voluntad de recordarla.
El paso por las calles trianeras se convirtió en un diálogo silencioso entre la hermandad y la ciudad. No se trató únicamente de un desfile monumental, sino de un recorrido que tocó las raíces del barrio, saludando a capillas y parroquias hermanas, recordando que la fe en Sevilla es también un entramado de memoria colectiva y vecindad. Cada levantá, cada marcha, cada rezo tuvo un eco especial en quienes entendieron que aquel cortejo no repetía lo habitual, sino que escribía un capítulo nuevo en la relación entre la hermandad y su gente.
Ahora bien, conviene detenerse a pensar en lo que implica una procesión extraordinaria en una ciudad como Sevilla. El riesgo de que la espectacularidad eclipse el verdadero sentido de la celebración siempre está presente. Las multitudes, la expectación y la cobertura mediática pueden transformar un acto de fe en un simple evento masivo. Sin embargo, lo extraordinario de esta salida no residió en el número de asistentes ni en lo imponente del cortejo, sino en su capacidad para emocionar y para volver a situar la hermandad en el corazón de su origen. Fue un recordatorio de que lo esencial no es el brillo externo, sino la profundidad de la memoria compartida.
En este sentido, lo que más valoro es la manera en que la Hermandad de las Aguas logró convertir esta jornada en un acto de participación comunitaria. No fue una celebración hermética reservada a sus hermanos, sino una invitación a la ciudad entera a formar parte de la historia. Familias, jóvenes, mayores y visitantes se acercaron para presenciar un momento que trascendía lo puramente religioso y se convertía en patrimonio vivo de Sevilla. Y esa es, a mi juicio, la grandeza de lo que ocurrió: la posibilidad de que una tradición particular se convierta en experiencia común.
Este tipo de acontecimientos nos recuerdan, además, la importancia de que las hermandades conserven su esencia frente a un mundo cada vez más marcado por lo instantáneo y lo viral. Las redes sociales pueden amplificar el eco de la procesión, pero nada sustituye a la vivencia real de ver pasar un paso por una calle estrecha, de escuchar el silencio que precede a una saeta o de sentir cómo la historia se hace presente en cada esquina. Lo extraordinario de la jornada del 26 de septiembre fue, precisamente, que logró detener el tiempo y devolvernos a la raíz misma de la devoción.

Alfombra de sal ubicada en el lateral de la Iglesia de Santa Ana. Imagen cedida por Marta Tavira
Al terminar, quedaba la sensación de haber asistido a algo más que una salida procesional. Las extraordinarias de la Hermandad de las Aguas fueron un ejercicio de memoria y, al mismo tiempo, una semilla para el futuro. Sevilla necesita que sus hermandades no solo mantengan viva la tradición, sino que la proyecten hacia adelante, enseñando a nuevas generaciones que lo importante no es la grandiosidad del acto en sí, sino lo que deja en el corazón de quienes lo viven. Ese día, lo extraordinario se convirtió en enseñanza: la fe no se encierra en un calendario, ni en un templo, ni en un recorrido. Camina con su gente y, cuando lo hace, Sevilla entera se reconoce en ella.
Redactora en la sección de Actualidad, aunque también me apasionan otras secciones como cofradías, deporte o cultura. Responsable de la Newaletter.








