Opinión: Las rosas de la cultura

No olvidemos todo lo que la cultura nos ha brindado y nos brinda
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Respiro,

y el aire en mis pulmones

ya es saber, ya es amor, ya es alegría,

alegría entrañada

que no se me revela

sino como un apego

jamás interrumpido

-de tan elemental-

A la gran sucesión de los instantes

En que voy respirando,

Abrazándome a un poco

De la aireada claridad enorme.

Vivir, vivir, raptar – de vida a ritmo-

Todo este mundo que me exhibe el aire,

Ese -Dios sabe cómo- preexistente

Más allá

Que a la meseta de los tiempos alza

Sus dones para mí respiro,

Respiro instante a instante,

En contacto acertado

Con esa realidad que me sostiene,

Me encumbra,

Y a través de estupendos equilibrios

Me supera, me asombra, se me impone

Jorge Guillén Mientras el aire es nuestro”

Me sirvo de este fabuloso poema del autor Jorge Guillén nacido de Valladolid y miembro de la reconocida generación del 27 para ilustrar el aniversario del famoso día de Sant Jordi (elijo este poema porque me parece una de las miles de  manifestaciones culturales que nos enriquece  y recuerda el potencial y belleza de nuestra cultura), en el que se conmemora la siguiente leyenda que voy a recordar, por si algún lector no la recuerda o tiene algún tipo de confusión con respecto a ella.

La leyenda explica que hace mucho tiempo, en Montblanc (tarragona) un feroz dragón capaz de envenenar el aire y matar con su aliento, tenía atemorizados a los habitantes de la ciudad. Los habitantes, asustados y cansados de sus estragos y fechorías, decidieron calmarle dándole de comer a una persona al día que se elegiría por sorteo. Después de varios días, la mala suerte le tocó a la princesa. Cuando la princesa abandonada su hogar se dirigía hacia el dragón, un caballero llamado Sant Jordi, con brillante armadura y caballo blanco, apareció de repente para ir a su rescate. Sant Jordi alzó su espada y atravesó al dragón, liberando por fin a la princesa y a los ciudadanos. De la sangre del dragón brotó un rosal con las rosas más rojas que jamás se habían visto. Sant Jordi, triunfante, arrancó una rosa y se la ofreció a la princesa.

En este día se venera la figura del patrón oficial de Cataluña desde 1456, en torno al cual circulan varias leyendas fantásticas, en torno a las circunstancias de su muerte. En cuanto al origen de la tradición particular de regalarse un libro y una rosa remite a la reverberación de la cultura catalana, pero que nosotros vamos a emplear de una manera general, es decir, la necesidad de la revalorización de la misma con carácter educativo, sin particularidades regionales, ya que todas sus manifestaciones suman.

Este año ha tocado celebrar el famoso día de San Jordi (23 de abril) de una manera atípica, y es que, en esta ocasión no se han visto las calles de las ciudades y pueblos catalanes colmados de gente, libros y rosas. En esta ocasión, la vivencia de este día de “culto a la cultura” se ha producido virtualmente debido al confinamiento que nos tiene recluídos en nuestras casas desde hace ya 44 días (desde el 15 de marzo concretamente).

De todos modos, esta circunstancia no ha impedido que gracias a los medios de comunicación y las redes sociales se haya rendido homenaje a un día que más nunca tiene que ser recordado, y es que, la cultura no puede quedar confinada en las baldas de nuestras estanterías cogiendo polvo, por el contrario, tienen que ser partícipe de nuestro desarrollo y educación, una cultura que va desde los libros de poesía hasta economía o política, cine, arte….todas estas manifestaciones recogen experiencias vitales, no solo a priori sino a posteriori, ya que en la percepción de estos (por muy frío que suene) productos culturales, encontramos un espacio de diálogo con nuestro yo y circunstancias como apuntaba Ortega-Gasset.

La cultura es en definitiva un modo de enriquecer el mundo mediante el desarrollo del perspectivismo y la educación en general, ya que, es un bien social que proporciona el desarrollo económico-productivo y emocional de las sociedades, y que evidentemente, tiene que ser cuidado por las administraciones e instituciones de una manera responsable, porque como afirmaba Kant: ” únicamente por la educación el hombre puede llegar a ser hombre”.

De manera que, hoy más que nunca hay que defender una educación plural, social, enriquecedora, que se aleje de los “mercados educativos” que apabullan de información desvinculada de la vida, apelo por tanto, a la capacidad generativa de la misma, en valores, ética para la convivencia en un mundo diverso y amplio como el presente, que cada día precisa más reflexión, para ello es estrictamente necesario tomar la educación y la cultura (al igual que la sanidad) como inversión y no como gasto.