Opinión: El salón de las palabras perdidas

El país ya no tiene quién lo piense. Los discursos coherentes han sido sustituidos por gritos vacíos y que no aportan nada. Lo diría El Último de la Fila: Inteligencia, ''donde estabas entonces cuando tanto te necesité''.
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El salón de los pasos perdidos del Congreso de los Diputados. Foto: ABC

Hay una estancia clásica de los parlamentos que se llama el ”salón de pasos perdidos”. Una zona de transito en la que es difícil no coincidir con nadie. Hoy, esos parlamentos son más bien salones de palabras perdidas, de ideas que pudieron ser y nunca fueron. En el mejor de los casos, esas ideas tienen algo de sentido. En el mayor de los casos, se dicen para enfervorecer a unas masas que buscan el ataque como gasolina para sus prejuicios.

Nada ha perjudicado más a la política que tener la sensación de ser los reyes del mambo. Antes, cuando la prensa podía sacar sus fechorías, disimulaban un poco más por aparecer inteligentes y coherentes delante de los focos. Ahora, buscan convertirse en portada de lo cotidiano del país, con un discurso más centrado en las ideas del otro que en las propias. Antes, al político se le hacía un nudo en la garganta si mentía. Ahora, se le hace un nudo en la garganta si dice la verdad.

Con impresoras y esposas de por medio, hemos perdido cualquier respeto por el noble oficio de representar al pueblo. Lo han perdido quienes debían estar a la altura y quienes debíamos revisar que cumplían los estándares que cualquier país aceptaría para sus representantes. No hemos reparado en la necesidad de que los políticos sean algo más que estrellas de circo hasta que hemos necesitado algo de ellos: con la pandemia. Cuando necesitábamos algo de unidad y mucho de sensatez, se han dedicado a polémicas baratas, que no aportan más que el lamento por los errores ya cometidos, y que deberemos revisar cuando el enemigo no se lleve cada día a centenares de vidas y deje tocadas otros miles de existencias.

Mientras tanto, los dirigentes no dirigían. En lugar de intentar solucionar el problema, dardo este a la oposición, preferían pasarse la patata caliente de unas culpas que son compartidas. Mientras miles de personas se contagiaban y centenares de contagiados morían, nosotros mirábamos, como jueces de silla, como unos propagaban a cuatro vientos los supuestos escarceos amorosos de un vicepresidente y otros se reían de la pillada al tertuliano, ¡qué fiebre de tertulianos!, con una amante, que le costaba una relación de pareja y una de las pocas verdades contadas en el programa para el que colabora.

Y allí estábamos, entretenidos con estos dramas de sobremesa, sin más importancia que el de algún corazón roto y el de algún chiste sobre la situación. ¡Y nos creíamos inteligentes!. Dirigentes que no dirigen, opositores sin coherencia, periodistas sin parejas y ciudadanos sin neuronas. España.

La prensa no se escapa de este ridículo colectivo llamado España en tiempos de pandemia. En el fondo no podemos pedir más del ‘cuarto poder’ si llevamos a categoría de premio Pulitzer a un programa que antes se preguntaba sobre el castigo a los extraterrestres que violaban a humanos, una desgracia interplanetaria, y ahora dice ser una estirpe de periodistas libres. Tampoco del show del periodista condenado por inventarse una entrevista y que ahora dice ser el adalid de la libertad. Tampoco del que se creó un analista de datos que era falso y se le olvidó contarlo hasta que lo pillaron.  Con estos referentes, hasta Hearst se abochornaría. Ay periodismo, si solo te dedicaras a contar la verdad…

Y con esta radiografía de un país decadente, poco de lo que sorprenderse. Sigan saliendo a la calle sin distancia social, no se molesten en disimular al menos, y eviten usar el cerebro para algo que no sea sacar una cacerola o un himno, sea de la trinchera que sea, en algún momento del día. Por el salón de las palabras perdidas ya no hay ni pensadores ni discursos medianamente inteligentes.