Se consuma el golpe de estado en Bolivia

Tras la dimisión del Gobierno de Evo Morales las facciones más reaccionarias han conseguido capitalizar las protestas y hacerse con el poder. El beneplácito del Ejercito y Policía, clave para el cambio de régimen.
Jeanine Añez recibiendo la banda presidencial por parte de un militar boliviano. - Fuente: EFE

Bolivia, 20 de octubre. Tras la demora en el escrutinio de los resultados, que determinarían si Evo Morales asumiría su cuarto mandato o si habría segunda vuelta –también llamada balotaje– una parte importante de la población se echa a la calle en protesta, aupados por un posible pucherazo y el informe preliminar de la OEA, en el que se mencionan posibles irregularidades. Sin embargo, otros informes más recientes apuntan a que estas irregularidades no serían suficientes para hablar de fraude.

Días después la violencia se adueñó de las calles, alcanzando su cénit con la imagen de una alcaldesa descalza, con el pelo cortado y cubierta de pintura después de ser agredida por manifestantes.

Evo respondió anunciando una auditoria por parte de la OEA, rechazada por la oposición y que provoca la convocatoria de nuevas elecciones.

Pero el ambiente empeoró, con el amotinamiento de policías y apareciendo imágenes en las que se recortaban del uniforme la Whipala –bandera indígena– además de la aparición de líderes como Luis Fernando Camacho, que entró al antiguo Palacio Presidencial dejando una Biblia y una carta pidiendo la dimisión de Morales.

Camacho, llamado el Bolsonaro boliviano, es un oligarca vinculado al fundamentalismo evangelista que comenzó a militar políticamente durante su juventud en la Unión Civil Cruceñista, un grupo paramilitar de corte neonazi.

Con la situación de inestabilidad y las presiones desde las Fuerzas Armadas y la Policía, el ahora expresidente Evo Morales dimite y acaba marchando a México, donde actualmente recibe asilo político.

 

Ante el vacío de poder Jeanine Añez, una senadora de 52 años, se ha autoproclamado presidenta de Bolivia, momentos después de asumir la presidencia de la cámara alta en una sesión en la que ninguna de las cámaras representativas contaban con quórum suficiente. Delante de ella, un mandato interino de un máximo de 90 días en los que tiene que llamar a las urnas de nuevo al electorado del país andino.

La nueva presidenta, a modo simbólico, juro su cargo en el antiguo Palacio Presidencial sobre una Biblia de gran tamaño. “Dios ha permitido que la Biblia vuelva a entrar a palacio” fueron sus palabras mientras entraba, sosteniendo dicha Biblia en alto. Su mandato, según anunció, tratará de pacificar el país hasta los próximos comicios.

De esta manera el nuevo Gobierno ha aprobado un decreto que exime de responsabilidad penal a Fuerzas Armadas y Policía que en su misión de “restablecer el orden interno y estabilidad pública […] actúen el legítima defensa o estado de necesidad”.

Lo cual ha generado gran polémica, al verse como una carta blanca para la represión violenta. Confirmado con la muerte de tres partidarios de Evo por un tiro en la nuca, situación más similar a una ejecución que a legítima defensa.

Ahora, en frente del nuevo Gobierno se manifiestan los partidarios de Evo, mayoritariamente las poblaciones indígenas que ven en la situación el caldo de cultivo de un fuerte retroceso en los derechos adquiridos durante los trece años de gobierno de Evo Morales.

 

Desde el exterior, algunos analistas señalan como origen de la situación el mandato desoído por Evo cuando perdió el referéndum de 2016 para modificar la constitución y poder presentarse de nuevo.

Otros ponen el foco en los nuevos movimientos derechistas en Latinoamérica, con una fuerte influencia de sectores evangelistas y vuelta a tesis racistas.

También la anulación del contrato para explotar litio con una compañía alemana –Bolivia acumula alrededor de un tercio de las reservas mundiales– ha generado un discurso que relaciona el acuerdo con el golpe.

Esto se basa en la larga lista de intervenciones por parte de Estados Unidos y otros países neocolonizadores. Acontecimiento más casual que causa pero que ayudaría al reconocimiento internacional del Gobierno de Añez.

Sea por el litio, la reorganización de sectores reaccionarios en torno al racismo o la gestión reciente del expresidente Morales, Bolivia queda sumida en el caos. Ese tipo de caos en el que los peores monstruos se mueven como pez en el agua.