
Antonio, jugador del Betis de amputados | Víctor Medina
Hasta septiembre de 2020, la vida de Antonio avanzaba con la precisión de un cirujano. Nunca mejor dicho. Trabajaba como traumatólogo en el Hospital Macarena y en Quirón, con una carrera sólida y una rutina que combinaba quirófanos, pacientes y turnos interminables. Fuera del hospital, su gran pasión eran las motos. Le gustaba cambiarlas cada año o año y medio; tenía incluso una para circuito. “Mi mayor afición eran las motos… tenía una para circuito y cambiaba de moto cada año”, recuerda.
Pero 2020 no fue un año cualquiera. Mientras la población vivía confinada, él y sus compañeros afrontaban la crudeza de la pandemia desde primera línea. “Nos la comimos los médicos, como yo digo”, afirma con crudeza. Cuando por fin, en septiembre, consiguió unos días libres, decidió hacer una escapada en moto con sus amigos y con la que entonces era su novia.
El viaje terminó de forma abrupta y devastadora. En Cabo de Gata, cerca de Las Negras, un conductor borracho se cruzó en su trayectoria. “Un borracho se me lleva por delante en la moto”, relata. El impacto lo dejó al borde de la muerte. Fue trasladado de urgencia al hospital, desangrándose, luchando por aferrarse a la vida. Allí, los médicos —conocidos suyos— se vieron obligados a amputarle la pierna izquierda para salvarlo. “Me tienen que amputar de emergencia porque si no me moría”, dice sin dramatizar, pero con el peso intacto del recuerdo. “Se dieron varias circunstancias que gracias a dios me salvaron la vida, la familia que iba en el coche de atrás eran médicos”, reconoce con la voz entrecortada.
La caída emocional posterior fue brutal. “Te puedes imaginar el palo… un día tienes tu trabajo, tus cosas, y de repente estás en una cama pensando si vas a poder tener una vida normal o no”, confiesa. La palabra “discapacidad” le golpeó con una fuerza que nunca había anticipado desde el lado médico. “Cuando la ves de fuera es diferente”, reflexiona.
Pero Antonio no se dejó vencer. Con el tiempo empezó a reconstruirse, a recomponer no solo su cuerpo, sino su identidad. El deporte se convirtió en un salvavidas. Comenzó a entrenar fútbol para amputados y descubrió algo que no esperaba: una nueva forma de competir, de pertenecer, de avanzar. Su esfuerzo lo llevó hasta el Betis y, con el equipo, consiguió proclamarse subcampeón de Europa con la selección española. Un logro impensable años atrás, cuando aún se preguntaba si podría levantarse por sí mismo.
Hoy lleva una vida plena; entrena y convive con una normalidad conquistada a base de coraje. Su historia demuestra que perder una parte del cuerpo no significa perder la vida, ni mucho menos perderse a uno mismo. “La parte anímica y la salud mental es muy importante y, por suerte, fui muy fuerte mentalmente”, decía con certeza y orgullo.
Antonio, el cirujano que un día operaba y amputaba, terminó reparando su propia existencia. Y lo hizo —como él mismo dice— entendiendo que, aunque el golpe fue enorme, “la vida no se ha acabado”. Solo había cambiado de forma. Y él decidió seguir avanzando.

Estudiante de Periodismo






