María Vasco, la marchadora que abrió el camino

María Vasco en los Juegos Olímpicos de Sídney. Fuente: RTVE
Hablar de María Vasco (Viladecans, 1975) es hablar de una pionera. No solo por su medalla de bronce en los Juegos Olímpicos de Sídney, sino por ser la primera del atletismo femenino español. Un hito que tardaría dieciséis años en repetirse y que cambió la visibilidad de la marcha atlética en España. María no solo abrió camino en la marcha atlética femenina, sino que sostuvo una carrera de élite durante dos décadas sin perder la vocación.
Pero antes del podio, hubo una niña nacida en Viladecans que empezó desde muy pequeña influida por su localidad, cuna de grandes marchadores. Nunca había practicado ningún deporte más allá de las clases de educación física. Sin embargo, con apenas 13 años ya competía a nivel internacional y batía récords nacionales que se mantuvieron durante décadas. Desde niña Vasco tuvo claro que quería competir y señala a su familia como un pilar esencial. En un deporte minoritario, donde la recompensa mediática y económica era limitada, ese apoyo resultó determinante.
Su punto de inflexión llegó en los Juegos Olímpicos de Sídney 2000, donde consiguió la medalla de bronce en los 20 km marcha. Aquel logro la convirtió en la primera mujer española en ganar una medalla olímpica en atletismo. “Fue un antes y un después”, me explica. Hasta entonces, era una atleta reconocida, a partir de ese momento, se convirtió en referente.
Sin embargo, el éxito trajo consigo una presión difícil de gestionar. Vasco reconoce que durante años vivió bajo la expectativa constante de subir al podio en cada competición. Ese peso mental le pasó factura: resultados como su quinto puesto en el Mundial de Edmonton 2001 fueron percibidos como fracasos externos y la gestión psicológica se convirtió entonces en uno de sus mayores retos.
El momento más duro de su carrera llegó en 2006 por la enfermedad y fallecimiento de su padre, su principal apoyo. Ese año, su rendimiento cayó y llegó a plantearse la retirada. Además, la falta de respaldo institucional y mediático agravó la crisis. “Me daban por retirada sin haberlo dicho yo”, recuerda.
De ese golpe surgió una versión más fuerte de sí misma que tuvo recompensa en el Mundial de Osaka 2007, donde volvió al podio con una medalla que, según confiesa, tiene un valor incluso más profundo que la olímpica. No solo por el resultado, sino por ser una promesa cumplida a su padre y la demostración de que aún podía competir al máximo nivel.
A lo largo de su carrera participó en cinco Juegos Olímpicos (Atlanta 1996 – Londres 2012) y lo hizo sin grandes lesiones, algo poco habitual en el deporte de élite. Su retirada en 2013 no fue forzada, simplemente dejó de disfrutar entrenando. “Ya no sonreía”, explica con honestidad.
Lejos de abandonar el deporte, María ha cambiado su relación con él. Actualmente entrena a personas alejadas del alto rendimiento. Busca que sus alumnos disfruten y se cuiden. Además, explora otras facetas ligadas a la estética, la moda y el bienestar.
María no es solo una medallista, sino alguien que reconoce sus límites, como la dificultad para separar lo personal de lo competitivo, y que reivindica el valor del proceso por encima del resultado. Hoy, María Vasco sigue siendo recordada por lo que representó: la apertura de un camino que, como ella misma diría, empieza con ilusión y se construye paso a paso.

Estudiante de tercero de Economía y Periodismo, interesada en moda y cultura. Apasionada por contar historias reales y dar voz a las personas.
Jefa de sección de moda.







