Una bella monstruosidad

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En el set de la nueva versión de Frankenstein dirigida por Guillermo del Toro, la transformación de Jacob Elordi en la Criatura pasó por un ritual tan meticuloso como brutal. Cada jornada en la silla de maquillaje implicaba entre 10 y 11 horas diarias para lograr el look completo. 

 

El proceso incluía la aplicación de 42 prótesis principales; silicona, látex u otro material prostético que cubrían prácticamente todo su cuerpo: de ellas, unas 14 se dedicaban únicamente a cabeza y cuello.

Durante los rodajes más intensos, el actor comenzaba a prepararse alrededor de la medianoche, para estar listo a las primeras luces de la mañana, lo que frecuentemente se traducía en jornadas de hasta 20 horas de trabajo continuo. 

 

El equipo detrás del maquillaje, dirigido por el especialista en prostéticos Mike Hill, decidió prescindir casi por completo de efectos digitales. El desafío fue crear un cuerpo que transmitiera la idea real de ser un ser creado a partir de restos humanos.

Por lo que Cada prótesis fue cuidadosamente moldeada, coloreada y texturizada para simular piel, cicatrices, músculos y irregularidades, como si cada trozo de cuerpo viniera de una persona distinta y hubiera sido cosido junto. 

A esos elementos se sumaron detalles como dentadura postiza y lentes de contacto, para modificar sutilmente sus rasgos naturales y darle a la criatura una mirada dolorosa y melancólica.

 

Para Elordi, pasar tantas horas encarnando ese cuerpo extraño fue “increíblemente liberador”. En una entrevista reciente confesó que el maquillaje no fue solo un disfraz, sino una manera de desprenderse de su yo habitual y convertirse en “algo completamente distinto”.

Contó que, en muchos momentos, la transformación comenzaba en el mismo proceso de maquillaje.

El resultado, según el actor, fue algo más que un papel si no una forma de renacer con una piel nueva.

 

Estas numerosas horas de trabajos sobre la transformación completa se repitió unas 50 veces en total, sumando unas 500 horas en la silla de maquillaje.

Pero más allá del sufrimiento físico que supone pasar docenas de horas pegado a prótesis, lo que destaca es el compromiso emocional de Elordi. Lejos de quejarse, él abrazó ese sufrimiento como parte del proceso. “Nunca me sentí incómodo”, dijo, “sino liberado”.

 

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