Opinión: Negar la realidad

Mientras todos soltamos el sermón de la defensa del periodismo, las redes acribillan a El País por hacer su trabajo. ¿Conseguirá Twitter que los votantes de una ideología se extingan si consiguen apartarlos de la televisión?
0
91
La portada de la controversia. Foto: El País

Cuenta el dicho que »en el reino de los ciegos, el tuerto es el rey». En el reino de la política, en los que muchos se hacen los ciegos ante la existencia de determinadas formaciones, el periodista está obligado a convertirse en el tuerto que aspire a la corona, más por amor a la realidad que por amor a todo el abanico de ideologías existente en nuestro país.

Están los que creen que luchar contra la ideología considerada atroz, al menos por ellos, parte de la premisa que el silencio es el mejor olvido para el pueblo. Lo que no saben es que el partido al que quieren eliminar en esta partida de hundir la flota, Vox, apareció en nuestras vidas sin mucho apoyo televisivo. Los minutos frente a la pequeña pantalla le llegaron cuando su boom ya se había instalado en nuestra sociedad.

Negar la realidad supone que personas con cierto grado de madurez se conviertan en niños de guardería, incapaces de ver lo que no les gusta, pese a tenerlo justo enfrente. Pasaba con ciertos partidos de la derecha, que creían que, ilegalizando partidos independentistas, se conseguiría acabar con todo el nacionalismo en Cataluña, por arte de magia. Ahora esto sucede con otras posiciones, las de la izquierda, que ven en la negación de su existencia, la de Vox, el mejor arma para lograr su desaparición.

Pero esa desaparición es aún más complicada si cabe tras el artículo de El País Semanal. Los que buscaban tapar su publicación, esconderla ante el público, bajo la defensa de no permitir el blanqueo ante la ultraderecha, han colocado el reportaje en la primera plana de la vida, al menos durante unos días. Solo la obligación de iniciar sesión, indispensable para encontrarse con el contenido, puede ser la manera de no conocer a los votantes de Vox.

Cuantas verdades incómodas esconde el texto. No nos hemos querido dar cuenta, como sociedad en su conjunto, que el abanico de los que apoyan al partido presidido por Abascal abarca desde antiguos votantes socialistas hasta personas en situación de exclusión que vieron en el partido una ayuda. Luego también están aquellos votantes que nos llevan a pensar en los típicos tópicos que arrastra el partido, como bulos sobre inmigrantes hasta casos de homofobia.

Aunque esto quizás sirva para un mea culpa colectivo que el ego de una sociedad con un ego enfermizo, que le impide verse en el espejo. Creíamos que habíamos decidido, en un consenso ficticio, que la extrema derecha había quedado en el pasado, escondida en el desprestigio de encarnar una de las peores etapas de la historia reciente de nuestro país, aunque su corazón latía con firmeza.

Si todos consideramos que los extremos son malos, el viejo mantra de siempre, ¿por qué más de tres millones de personas han votado a un partido considerado de extrema derecha?. Se me ocurren dos variables: haber silenciado tres millones de voces o no haber llegado a ningún consenso sobre lo que se considera extremo. Nadie se considera ningún extremista, pese a que muchos pueblan las redes sociales, los ring de boxeo de la política, con mensajes hirientes y sin muchos ápices de centralismo político. Al fin y al cabo, es el mismo país que se considera plagado de cultura, pese a que ‘La Isla de las Tentaciones’ es líder en la televisión y La 2 solo hace un 2% de audiencia.

Recordaba el politólogo Lluis Orriols, de una manera bastante acertada, una caricatura de nuestro país en forma de tira humorística: el periodismo solo es bueno si nos da la razón en lo que pensamos. Mientras tanto, el resto de pensamientos no se extinguirán y la sociedad, con la democracia por delante, se enfermará un poco más.