María Dolores: “Coser es mi manera de contar historias sin palabras”

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En una calle tranquila del casco histórico de Carmona, el sonido del pedal de una máquina de coser acompaña cada día a María Dolores S., costurera desde hace más de treinta años. Entre telas, patrones y recuerdos, nos abre las puertas de su taller para hablar de un oficio que, según dice, “nunca debería perderse”.

—¿Cómo empezaste en la costura?
Empecé casi sin darme cuenta. Mi madre cosía para las vecinas, y yo me sentaba a su lado mientras hacía los dobladillos. Un día me dejó rematar una manga y aquello fue… magia. Desde entonces no he parado.

—¿Qué es lo que más te gusta de tu trabajo?
La parte humana. Cada prenda que hago o arreglo viene con una historia detrás: un traje de gitana que pasa de madre a hija, un vestido de boda, un pantalón que alguien no quiere tirar porque le recuerda a alguien especial. Yo pongo las manos, pero la emoción viene de ellos.

—¿Crees que la costura artesanal sigue teniendo un hueco hoy en día?
Por supuesto. La gente se está cansando de lo rápido y lo igual. Cada vez valoran más lo hecho con calma y con cariño. Aquí vienen muchos que prefieren arreglar antes que comprar, y otros que buscan una pieza única para sentirse ellos mismos.

—¿Cuál ha sido el encargo más especial que recuerdas?
Un vestido de comunión hecho con la tela del traje de novia de la abuela. Cuando la niña se lo probó, la abuela lloró como una niña chica. Momentos así te recuerdan que esto no es solo coser.

Máquina de coser de María Dolores

—¿Y el más complicado?
Unos pantalones vaqueros que su dueño se negaba a jubilar. Tenían más remiendos que tela. Le dije: “Esto ya no es un arreglo, es arqueología textil”. Al final lo conseguimos, pero me dejó sudando.

—¿Qué te gustaría que la gente entendiera del trabajo de una costurera?
Que no es solo hilo y aguja. Hay técnica, creatividad, paciencia y mucha dedicación. Y también que, cuando apoyan un taller local, están apostando por que oficios como este sobrevivan.

—¿Qué sueñas para el futuro?
Seguir cosiendo muchos años y quizás enseñar a las nuevas generaciones. Me gustaría abrir pequeños talleres para que los jóvenes de Carmona descubran que este oficio puede ser una forma de vida preciosa.

Antes de despedirnos, María Dolores vuelve a colocar las manos sobre la tela, como quien regresa a su lugar natural. “Cada puntada es un pequeño acto de amor”, dice sin levantar la vista. Y basta verla trabajar para entender que lo dice de verdad.

 

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