Leiva convierte la Plaza de España en un templo de emociones ante 16.000 almas entregadas

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Por fin, después de todo, solo queda lo que se siente. Y esta noche, Sevilla ha sentido. Ha sentido con cada verso, con cada guitarra, con cada silencio compartido. Porque cuando Leiva pisa un escenario, no canta canciones: abre heridas, pone voz a lo que a veces no sabemos decir y nos deja el pecho lleno de acordes y nostalgia.
El reloj ha marcado las 22:30 este pasado 7 de junio cuando las luces rojas han comenzado a teñir el cielo de la Plaza de España. Allí, entre columnas centenarias y la brisa cálida de una noche sevillana, Leiva ha aparecido como si la ciudad lo hubiese estado esperando toda la vida. Ha bastado el primer acorde de Bajo presión para que los cuerpos se hayan olvidado del calor y las gargantas hayan comenzado a corear como si lo hubieran ensayado juntos desde siempre.
Ahí ha estado él, con su sombrero, su camisa negra y una sonrisa contenida que decía más que mil palabras: estaba en casa. Y Sevilla también lo ha sentido así. “Buenas noches, Sevilla“, ha dicho, y ha sido como un abrazo.
Leiva no solo ha ofrecido un concierto. Ha ofrecido su historia. Ha compartido sus nervios, su año de silencio, su redescubrimiento en el campo. Y entre tema y tema, nos ha regalado retazos de alma. Ha recordado sus primeros pasos en el Fun Club de Sevilla, como quien vuelve al lugar donde ha aprendido a soñar. “Nunca habría imaginado esto”, ha confesado, y los ojos se le han llenado de algo que solo se ve cuando un músico se ha reencontrado con su destino.
Con Gigantes, las palmas han comenzado a marcar un ritmo que no se ha apagado en toda la noche. Con Terriblemente cruel, Leiva nos ha enseñado que hasta la melancolía puede ser un acto de belleza compartida. Y con Vis a vis, nos ha pedido algo simple, pero profundamente humano: que guardáramos los móviles y escucháramos en silencio. Y Sevilla, obediente, lo ha hecho. En ese instante, la Plaza se ha convertido en un santuario, y la música, en oración. “El escenario sigue siendo mi lugar“, ha confesado. Y nosotros hemos entendido que el nuestro ha estado ahí, frente a él.
Ha habido risas también, como cuando se ha equivocado en el tono de Como si fueras a morir mañana y se ha reído de sí mismo con la ternura de quien se sabe querido. Ha habido guiños a su pasado con Pereza, y el aire se ha llenado de adolescencias revividas con Princesas y Estrella polar. Y ha habido, sobre todo, verdad. Porque si algo tiene Leiva es que canta como vive: sin filtros, sin máscaras, con la sinceridad cruda de quien ha amado y ha perdido, de quien ha caído y ha vuelto a empezar.
La llamada ha sido el clímax emocional, el punto exacto en que se borran las distancias entre artista y público. Ha acabado sentado, casi en trance, abrazado a su guitarra como si fuera la única certeza del mundo. Y luego ha venido Lady Madrid, como un suspiro final, como ese último beso que no quieres que acabe nunca. “Os quiero mucho, Sevilla”, ha dicho antes de desaparecer entre aplausos, mientras el eco de Sunshine Getaway ha acariciado la noche.
Periodista en EUSA NEWS
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