Roberto Iniesta se rebela contra su propia voz y embriaga a Sevilla con una alegre sobredosis de rock

El vocalista de Extremoduro tuvo que ponerse el traje de faena para conquistar el corazón de su público andaluz
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Iban Aguinaga (EFE)

Contra todos. Incluso enfrentándose a su propia afonía. Roberto Iniesta conquistó a los miles de espectadores presentes en el Centro Andaluz de Arte Contemporáneo de Sevilla haciendo lo que mejor sabe hacer, ofreciendo una alegre sobredosis de rock sinfónico que incluso sació la exigencia de su público más “Extremo”.

En esta nueva etapa en solitario, Robe no se cansa de aprender y enseñar. Por ello, ante unos seguidores totalmente entregados a la causa, el cantautor nacido en Plasencia deleitó al respetable andaluz con un espectáculo dividido en dos secciones diferenciadas. Un primer acto en el que el cantante extremeño demostró que ‘Ahora es el momento’ de volver a disfrutar, algo que también puede lograrse sin móviles ni dispositivos electrónicos; y una segunda parte en la que presentó su segunda obra en solitario: ‘Mayéutica’.

Había tardado unos quince minutos de más en arrancar, pero en esta ocasión sí vino e hizo frente al impedimento que desquebrajaba su propia voz. “Había dos opciones, cobrar el dinero del seguro o venir aquí y hacer lo que podamos”, relataba el cantante nada más salir al escenario.

Asientos ubicados en la zona de pista | C.López

Pese a ello, rebelándose “Contra Todos”, Iniesta logró implantar su propia bandera de bragas negras en el cielo de Sevilla gracias a un exquisito sonido que acompañó a unas letras, tan recientes como carismáticas, propias de un Rey de Extremadura que demostró no solo ser profeta en su tierra.

Mientras Robe consumía el diminuto hilo de voz que restaba en su cuerpo entonando que “el suelo se mueve” y pateando hasta en dos ocasiones su micrófono, la distancia de seguridad tenía que rendirse ante un público que “no era dueño de sus emociones” y hacía temblar el CAAC.

Tras varios amagos de despedida, Robe y una banda conformada por excelentes músicos, que fuera de su región son tildados como grandes desconocidos, ensancharon su alma y se despidieron con una declaración de amor que despertó el espíritu más irracional de los miles de sevillanos que coreaban el nombre del artista bajo la iluminada luna menguante que disfrutaba del epílogo de la obra desde una posición privilegiada.