Amalgama de sonidos en Canastéreo

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El rock flamenco de Triana, las letras de Lorca, el suave jazz de Ketama, los festivales de O´Funkillo y los tangos de Camarón. Todo ello conforma los cimientos de Canastéreo, el grupo sevillano que camina sobre raíces lunáticas. Enamorados del levante, vuelven a su casilla de inicio, la Sala X, para caminar soñando hacia un nuevo despertar, llevando por bandera el disco con el que comenzarán la nueva partida en 2021.

Ellos son la prueba de que en 2020 todavía hay lugar para aquellas personas que hacen que se te agite el alma y se te enciendan los ojos como farolillos, a pesar de las duras tormentas que comenzaron a amenazar desde Oriente. Preguntaba Lorca que de qué iba el sueño, el sueño va del tiempo flotando como un velero, velero que navega por la vega del Guadalquivir a la verita de Triana, donde se suben estos gitanos canastéreos que, con su ritmo único y mestizo, navegan por todas las corrientes culturales que ofrecen nuestra tierra y otras tierras extranjeras. Su soniquete, mestizaje entre Flamenco, Funk, Jazz, Psicodelia, Rock progresivo y Ska, resonó, a la hora de la primera cervecita, el domingo veinte de diciembre por todos los rincones de la que es su casa. La Sala X ha sido la iglesia de este grupo que siempre, fiel a ella, vuelve para susurrarle sus letras pasadas, presentes y futuras.

Con mucho “aje” y con gritos psicodélicos desvelan uno de sus nuevos temas, que no es ni uno ni dos ni tres, sino Cien Desiertos. Al son de la trompeta se presentan los inéditos Patria de sal, marca de su estilo jazzístico, junto con Fractal, muestra empírica de la naturaleza del grupo. En la peregrinación, una parada en una vieja y conocida Puñalá Ibérica con la que consiguieron despertar el recuerdo de esos festivales arenosos donde el polvo se quedaba suspendido en el aire, mientras los canasteros más fieles saltaban y gritaban dejándose llevar por el sentimiento que estos humildes músicos conseguían evocar. Raíces amargas en nuestra tierra mozárabe, en este año que se nos va, han dado sus frutos tras horas de trabajo, retrospección y creatividad. De ellas han florecido las tres nuevas composiciones que en este evento han visto por primera vez la luz.

Lejos quedaron aquellos tiempos en la Sala X donde el público bailaba y se agitaba como partículas en gas, un gas de la risa, fusión del humo y un agrio olor a cerveza, que anestesiaban y te alejaban de cualquier mal. Este pasado domingo veinte, las sillas aguantaban los saltos tímidos del público, atados a éstas por la responsabilidad y el deber. Estos corazones hambrientos de malta y arena confinaban sus sentimientos, ganas y energías para vivir sus propios y recatados festivales en menos de dos metros cuadrados. En esa sala todos fuimos testigos de cómo el atrapasueños canastéreo se llevaba las penas de las peteneras y los sufrimientos de las soleares, para dejarnos las alegrías por bulerías y seguidillas bajo un manto afroamericano con ritmos jamaicanos. El cante jondo improvisaba con acordes de blues a la vez que el bajo marcaba potentes patrones rítmicos tocados con palmas al compás. Esta tribu hacía un falso final que creaba más expectación y enseñaba a su público el valor de lo que tienen, para así luego retomar el concierto con más ganas y aprovechar esa ola, montar en las tablas y alzarse con el que será un canto sosegado y nostálgico, Pacífico. En esta nueva melodía, en la que guían tus emociones las palabras acompañadas de un viento metal, encontramos un cantar reivindicativo.

Tras el último aplauso nos queda el recuerdo de lo que hemos perdido, de lo que tuvimos y de lo que nos queda por aprender; pero también la esperanza, esperanza que nos arrojan personas como las que forman el grupo de Canastéreo, peregrinos que, a falta de paraíso, crean su propia religión con evangelio de música y letra y con un único mandamiento, la libertad.

 

Redacción: Amparo Vega

Imagen: Guillermo Pickman