Opinión: Nepal, ¿una nueva primavera de los pueblos?

Una ambulancia huye del caos en las calles de Katmandú | Foto: Associated Press
Hace unos días, me topé con un vídeo del creador de contenido Marc Vidal (vía Instagram) en el que explicaba el conflicto acaecido la semana anterior en Nepal. Vidal explicó con detalle la situación de la nación y hasta qué punto de indignación habían llegado los jóvenes para tomar la decisión de echarse a las calles. Posteriormente, a modo de comparación con lo sucedido, hizo alusión al conflicto con el siguiente hecho histórico: “…la revolución de 1848, la primavera de los pueblos, llegó, en parte, porque había una generación joven y urbana enfrentando una crisis de desempleo, carestía y pobreza sin precedentes”. Aquello que, en las postrimerías del siglo XIX, acabó con los regímenes absolutistas en Europa, empezó como una simple revolución que se solventó con rapidez y eficacia, pero plantó una semilla que germinó como la mala hierba por grandes naciones como Italia o Alemania y alcanzó al Imperio Austrohúngaro. En un mundo como en el que vivimos, donde las redes sociales son un caldero de opiniones que bien puede estallar en cualquier instante, autores como Manuel Castells (en Redes de indignación y esperanza, 2012) ya hablan sobre de estas como un espacio donde puede germinar una revolución, por la forma autónoma en la que los usuarios actúan en ella. Si esto es así, ¿debe haber preocupación?
Nepal es un caso extremo, sí, y quizá sus modos no hayan sido del todo lícitos (por lo menos no lo que se espera si esto sucediese en un país con más recursos o con una democracia más fuerte), pero también sus motivos son más excesivos. Casos de corrupción tales como la fraudulenta financiación para la construcción del aeropuerto de Pokhara, la recaudación ilegal a cambio de pasaportes falsificados con el fin de llevar personas en situación de pobreza a trabajar como refugiados en Estados Unidos, la exhibición de hijos de políticos, acusados de corrupción, en redes mostrando su lujosa vida (llamados por los propios nepalíes Nepo kids) o la censura de 26 redes sociales con el fin de que esto último no culminase en una revuelta (como terminó sucediendo). Es una nación con una cultura (con respecto a la corrupción) muy distante a la que se fragua en occidente y con unos problemas sociales muy distintos de los que se encuentran en Europa (por lo menos al oeste del esta). Aun así, intentando buscar información sobre el tema, he visto que los mayores periódicos nacionales y europeos lo han abordado con cierta insustancialidad, basándose solo en informes de agencias de noticias y sin abarcar el germen del conflicto. Además, he reparado en que escasean en demasía los artículos de opinión y, que estos últimos, solo son publicados en foros en la red. ¿Temen, acaso, los medios que las disconformidades con respecto a la corrupción traspasen las fronteras?
Los problemas de los estados europeos, por ejemplo el que nos atañe (España), son muy diferentes a los que se presentan en este caso. El índice de empobrecimiento en los países de la Unión Europea es ínfimo comparado con estados como Nepal. El pueblo europeo asume de mejor grado la corrupción porque no afecta (directamente) a su vida cotidiana, o al menos no a un aspecto esencial de esta. Sin embargo, existen casos (las manifestaciones en Francia contra Macron, el 15 de mayo de 2011 en España o la revolución de las cazuelas en Islandia) que dejan en evidencia que el pueblo no siempre agacha la cabeza. Quizás, se puede suponer que esta noticia no tenga la difusión ni la opinión necesaria debido a que la corrupción europea está demasiado arraigada en la política. Por lo que, si se acaba con la corrupción, puede que el sistema se vea comprometido.
España, como tampoco Francia o Alemania, son países con los problemas de Nepal, pero hay que advertir de que siempre existe un límite y que quizá ese límite se está cruzando (o estamos empezando a ser lo suficientemente avispados como para contemplar lo que sucede). Quizá los jóvenes se cansen de ver cómo se vilipendian sus libertades, cómo se vulneran sus derechos o cómo se les intenta comprar o embelesar con ideas amarillistas dentro de las redes sociales. Muy probablemente, el nepotismo que usan los gobernantes para adjudicar ministerios y altos cargos termine mermando la moral de alguno, o, tal vez, alguien termine por deducir que la democracia (tal y como se utiliza) no es igualitaria. Pero eso ya es otra materia de debate.
Jefe de la sección de opinión








