Un mes en poblados bereberes

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Ernesto Rodríguez Rosa es un joven de 21 años que ha vivido un 2015 muy intenso y con vivencias que le han dejado marcado para el resto de su vida. Experiencias inolvidables fruto de sus ganas por conocer mundo. Ernesto estudia el grado de Antropología social y cultural, por lo que siempre se ha mostrado muy interesado en la variabilidad de las culturas humanas y en las relaciones interculturales. De febrero a principios de julio tuvo la primera experiencia fuera de casa de su vida. Estuvo de Erasmus en la capital de la Unión Europea, Bruselas. Allí pudo comprobar cuán importante es saber administrar el dinero para poder vivir sin problemas.

En sus últimas semanas en la capital belga le surgió la ocasión de vivir una experiencia sin igual, algo que para una persona interesada en las relaciones interculturales es una gran oportunidad: Hacer una travesía por los poblados bereberes de Marruecos, donde conocería una cultura totalmente diferente: “La oportunidad de ir a Marruecos surgió porque mi prima ha participado en varios proyectos que organiza una asociación llamada Subiendo al Sur. Este año por primera vez la ruta sería por la cordillera del Atlas. La travesía se llamaba ruta bereber por el Alto Atlas. Yo tenía pensado quedarme en verano en Bélgica, donde estaba de Erasmus, pero cuando surgió esta oportunidad no me lo pensé”.

El proyecto de Subiendo al Sur pretende que universitarios de toda España y parte de Sudamérica conozcan diferentes poblaciones rurales y se conozcan entre ellos. Es un proyecto multidisciplinar con personas de todas las ramas del conocimiento: “Pretende que sea un aprendizaje experiencial, quiere ser un proyecto educativo a través de la experiencia, no te ponen ningún libro por delante. Eso es lo que propone Subiendo al Sur, pero luego cada persona se lo toma a su manera. Hay gente que va de excursión, otras van a aprender de la gente con la que van, hay gente que se lo toma como un viaje para crecer espiritualmente”.

En un viaje de estas características es crucial elegir bien lo que meter en la mochila, ya que será tu compañera de viaje. No se debe llevar mucho peso porque las caminatas pueden ser de 6 a 8 horas de un pueblo a otro. Ernesto nos comenta que llevaba en la maleta: “Dos camisetas, un pantalón largo, otro corto, una sudadera, un chaquetón, calzado de montaña y un saco de dormir. Solo llevaba dos camisetas porque allí tú vas con lo estrictamente necesario, aquello es una travesía donde tú vas de poblado en poblado con una mochila y es un mes donde vas a vivir de mochilero”. Los ríos que se iban encontrando servían de ducha para los viajeros y también para lavar las camisetas.

Al llegar a Marruecos estuvo unos días en Marrakech donde empezó a conocer la cultura local. Una ciudad que distaba mucho de lo que se encontraría en los poblados bereberes. Tras pasar unos días en Marrakech comenzó la travesía por los pueblos bereberes. En el desplazamiento al primer pueblo se dio cuenta de la gran belleza de cuanto le rodeaba: “El camino hacia el primer poblado bereber –Ait Hamza– fue increíble. Muchos fuimos en el techo de una furgoneta por una carretera muy estrecha y con unos paisajes maravillosos, yo nunca había visto nada igual: unas montañas eran de color muy rojo, otras muy verdes con tonos grisáceos, etc. La furgoneta era para 9 plazas y éramos 25 en ella, la mitad dentro y la otra en el techo. Fue muy divertido y algo peligroso”.

El primer poblado fue Ait Hamza, un pueblo situado en una ladera y compuesto por casas de barro. Los coordinadores, al llevar más tiempo allí, conocieron a un chico bereber de ese poblado que sabía inglés, llamado Mohamed. Él era hijo del jefe del pueblo de Ait Hanza, así que su familia era la más pudiente y tenían una casa que era bastante grande en comparación con las demás que había en el poblado: “Dentro de la casa tenían un patio muy grande con caballos, cabras, gallinas, etc. Los animales los metieron en el establo y nosotros nos quedamos en ese patio con nuestros sacos de dormir. Mohamed completó toda la travesía con nosotros”.

Estando el grupo en Ait Hanza se celebró la boda de una de las hijas del jefe del poblado, hermana de Mohamed. Allí el matrimonio, como en tantos países limítrofes, no se guía por el amor. De hecho la chica, de 19 años, ni siquiera conocía a su futuro marido, de su misma edad. Se conocieron el día de la boda, simplemente se casaban porque él pertenecía una familia adinerada de otro poblado y se concertó el matrimonio.

Ernesto nos explica cómo es una boda bereber, ya que tuvo la oportunidad de vivirla en primera pesona: “La boda duraba tres días, tres días de fiesta donde solamente se come y se baila. La música era de timbales y bailaban de una forma muy característica, aplaudiendo, dándose la mano, etc. Tenían una energía increíble, siempre estaban bailando. Nosotros estuvimos los tres días que duró la boda, y comimos cabra, cuscús, arroz, un poco de todo”.

Una de las cosas que más marcó a Ernesto fue presenciar in situ el proceso de matar a una cabra. Él tuvo que elegir cuál de todas era la ideal para matarla. Tenía que escoger a una que no fuese muy grande, ya que el sabor sería demasiado fuerte y ni muy pequeña porque habría poca carne. El joven nos cuenta como fue el proceso: “Eso sucedió en Tiftecht, uno de los poblados. Fuimos una pradera donde estaban las cabras. Mataron a la cabra que elegí siguiendo el rito Halal, que consiste en hacer que no pase miedo: le acarician, le hablan y la tumban mirando hacia la Meca. Le cortan el gaznate y dejan que se desangre. Una vez desangrada, la desollan, la parten en cachitos y después la cocinan con grasa y todos comemos de esa cabra”.

En Tiftecht, no corrieron la misma suerte que en Ait Hamza, en cuanto a alojamiento se refiere. Aunque la experiencia en esa nueva casa sirvió para que los aventureros se conociesen aún más, dada la cercanía de los sacos: “La casa era más pequeña, era de unos familiares de Mohamed. Para dormir allí nos las arreglábamos como podíamos. La mitad dormía en una habitación y la otra mitad en el techo de la casa, porque era muy grande y se podía subir a él. Teníamos que dormir todos con los sacos pegados, era un poco incómodo”.

Además, en otros poblados que visitaron como Megdaz e Imblosim durmieron al raso, en tiendas de campaña. La temperatura era agradable, por lo que no tuvieron problemas con el frío.

En cuanto a las actividades y trabajos fueron muy diversas y variadas. Ernesto realizó labores que no pensaba que iba a hacer cuando aterrizó en tierras africanas: “Hemos ayudado a arreglar carreteras, a construir presas en el río, producción de alimento, yendo al huerto a recoger frutas, ordeñar. También hemos construido una casa a base de barro y piedras, por lo que es más fácil. Además les ayudábamos a transportar el agua del pozo o de la fuente, que solían estar lejos del pueblo y los barreños eran muy pesados. Incluso, les acompañábamos a pastar las cabras por caminos bastante empinados”.

Una furgoneta le permitió a Ernesto y al resto de aventureros ir a su primera fiesta bereber. Mientras jugaban al fútbol en un campo situado en un paraje de postal con piedras por todo el terreno que hacía peligrosa la práctica de este deporte, les dijeron que una furgoneta se había quedado parada en una cuesta y que fuesen a ayudarles a empujarla para sacarla de ahí.

Como muestra de agradecimiento por la ayuda, invitaron a todos los de la travesía a una fiesta bereber que se celebrara esa noche, algo totalmente insólito para todos ellos: “Al llegar, nos encontramos al jefe del pueblo con un pandero, los ancianos alrededor del jefe del pueblo también con panderos. Todos los hombres jóvenes del pueblo, que vestían con chilabas especiales, estaban alrededor bailando con unos pasos característicos e iban cantando. Las mujeres miraban desde fuera, vestían normal; pero había un pequeño grupo de niñas pequeñas vestidas para la ocasión de colores y también bailaban las canciones, aunque estaban apartadas de los hombres. Cuando llegamos tuvimos que esperar bastante rato hasta que nos dejaron participar en la fiesta”.

La educación de las mujeres de los poblados es muy variable, no tienen las mismas oportunidades que los hombres. Estudian hasta una cierta edad, según las necesidades de cada familia pueden estudiar más o menos tiempo. En este sentido, deben dar un paso adelante y evolucionar, ya que son unas costumbres lejanas de un siglo como el XXI. Ernesto conoció un caso de cerca, la de la familia  de Mohamed: “Eran tres hermanas. Una había estudiado hasta los 16 años y ya empezó a trabajar en las labores del hogar. Esa es la que se casó a los 19. Otra tenía 16 y había dejado de estudiar este año. Y otra tenía 13 y ha tenido que dejar de estudiar este año porque como la que se casaba se va a vivir con el marido ella tenía que echar una mano en casa”.

Ernesto eleva el tono de voz cuando habla de algo que vio y le detestó. Algo del que todos los ciudadanos de occidente tenemos algo de culpa. Los símbolos occidentales han llegado hasta allí y están totalmente metidos; hay consumo de marcas: “Todo el mundo estaba con camisetas de equipos de fútbol europeos. Hay cosas que se han llevado para allá sin, por ejemplo, enseñarle cómo gestionar los residuos, ya que había muchas latas de CocaCola tiradas por el suelo. En las sociedades rurales no se generan residuos, la basura no existe, porque todo es aprovechable, pero al crear plástico y llevarlo para allá eso tiene un impacto muy grande sobre el ecosistema. Es una verdadera pena ir por unos lugares tan bellos y encontrarte la basura que te encuentras en una calle de Sevilla”.

La travesía le ha cambiado la vida a Ernesto. Le ha servido para abrir aún más la mente, y darse cuenta de muchas cosas, pero sobre todo que para ser feliz no se necesita tanto como nos venden. Algo que se dio cuenta viendo las caras de los chicos y chicas de los poblados: “En realidad para vivir y ser feliz se necesita muy poco. Sólo que estamos llenos de condicionantes en nuestras vidas. Estamos muy condicionados y necesitamos hacer muchas cosas. En nuestra sociedad nos imponen que tenemos que hacer muchas cosas que no son necesarias para vivir realmente, algo que no me parece nada bien”.

Ernesto me repitió mucho que este ha sido el primer viaje de muchos. Está ansioso por vivir experiencias similares y conocer lo desconocido. Porque como él mismo afirma lo conocido le gusta, pero lo desconocido le atrae.