OPINIÓN: Un balcón en San Lorenzo

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Los balcones de Sevilla tienen magia. Lo mismo están engalanados con palmas que avecinan una pasión que nunca acaba o escuchan una charla entre vecinas que ven la vida pasar. Pero fijaros, los balcones en Sevilla tienen ese duende que los hace especiales; no es lo mismo pedir a un amigo que se asome en Madrid a un pretil, que hacerlo en Sevilla y más aún, en San Lorenzo.

Sevilla ha hecho de la forja de cada uno de sus balcones, una “pechá” de recuerdos entrelazados con sus flores. Y, ¿qué sería un balcón sin flores?. Es la misma necesidad que tienen los patios, aunque el patio de mi infancia, está un poco más al sur. Es un conjunto; un balcón, sus flores y la mano arrugada que las cuida. Saber que están regadas por sus gotas en el suelo, cuidadas y mimadas para que Sevilla esté más guapa produce tranquilidad. Tranquilidad por saber, que aún hay alguien ahí que se preocupa de esas flores.

Esas manos también son especiales. Aman y quieren a sus flores y si las cortan, es para ponérselas en el pelo y bailar en algún que otro balcón de aquí o de allí arriba. Por eso, los balcones de esa plaza donde se despidiera a Joselito el Gallo, a mí me dan nostalgia. Hay balcones cargados de una soledad inmensa, donde las flores de las que hablo, siguen frescas.

Y eso es, la Soledad en San Lorenzo; el recuerdo de una flor “acariciá” que ya no tiene dueña que la cuide. Eso explica que, la distancia entre mirar un balcón y mirar al cielo, sea una “petalá” y que llevarle flores a los que ya no están, sea para que las cuiden también.

En Sevilla los balcones tienen magia, sí. Tienen el valor intangible de la esencia, para seguir construyendo una realidad de lo que ya, pasó. Guardan entre sus persianas el olor a comida un viernes a mediodía, la silueta de un nazareno caminando y rayos de sol de cada atardecer. Ahora en noviembre, el Dulce Nombre de María está de luto porque ve otro año acabar con menos personas en sus balcones. No pasa lo mismo con las flores que, sólo cuentan cada una de las primaveras para seguir creciendo en San Lorenzo.

Cada vez que paséis por esa plaza, mirad a los balcones y acordaros de vuestras madres, vuestras abuelas. Porque si viven, os preguntarán desde uno si habéis comido unas cuantas veces pero, si ya no están, seguro andarán arreglando sus flores en algún balcón de la plaza.

Por eso digo y confirmo; hay un balcón en San Lorenzo, que tiene las flores más bonitas de mundo.