OPINIÓN: Simbiosis

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Despierta. Fue lo único que se me ocurrió decirle. Yo que me veía preocupado por mis cosas, como siempre, me hundí. Con lo que a mí me gusta acariciar el alma y me di cuenta que ni podía sacar una sonrisa de donde no quedaba nada. Fui inferior, lo reconozco. Éramos solo dos, hace dos tardes. Un rato de autobús y un tiempo en contra que jamás pude imaginar que me quedaría tan grande. Estaba sola, como ella decía, de costumbre. Yo, hablando por teléfono y Dios, “en todas partes”. Un arrebato de los míos, me sentó a su lado y entré en la realidad. Me empecé a preocupar, me dolía. Le pregunté y empezó mi amalgama.

No podía hacer nada y eso, me sacudió. La miraba como podía, intenté hasta secarle las lágrimas, pero hasta miedo me daba rozarla. Sentí respeto, tanto que ni me aprendí su nombre. Quise escucharla, compartir un rato con ese trozo de alma que muchas veces perdemos por ir, en nuestro “mundo”. Lo único que me reconfortó fue un “gracias” y un abrazo. No más.

Me asustan esas personas que machacan la sociedad, que queman los sueños, las vidas. Me aterroriza, vivir para un solo mundo, para el de uno mismo. Me repugna la televisión donde salen más ladrones que en las cárceles e incultos a los que seguir aplaudiendo y haciendo ricos. Nos asusta Trump cuando nosotros por el sur tenemos una frontera que divide dos mundos y al norte nos aparta la idiosincrasia y la mentalidad. Nos da coraje la violencia cuando somos los primeros que sacamos el móvil para grabar cuando dos locos se matan y para locos, los que se matan y matan para defender esas fronteras, para jugar con esos ladrones y darle motivos al tonto para seguir haciendo de marioneta social. Tengo miedo, porque la realidad está tan cerca que posiblemente no nos demos cuenta ni de que la vivimos. 

Se acordaba de su voz y más me lloraba. No sé cuántas veces abrió y cerró la ventana del autobús con tal de suspirarle a la luna. No sé cuántas fotos me enseñó sonriendo y por cada una de ellas, más me desgarraba por dentro. Quemaba cada pañuelo que le daba. Agarraba cada vez más fuerte la sudadera que llevaba y ni contar podría la cantidad de veces que me pidió perdón por molestarme pero, me ponía los pies en la tierra y eso, vale demasiado como para intentar perdonarla siquiera. Porque el dinero todo lo puede pero el corazón, vence. Tenía la realidad de la mano y me veía como miles de personas que están así, escondidas de los periódicos, de la realidad. Tenía una mano en la boca y una pistola en el pecho, aun así, se aliviaba por minutos.

Hablábamos de la rutina. Lo cotidiano para ella que, no es mi concepto de “cotidiano” pero por desgracia, su cotidiano. Me asombró la madurez, la templanza, la dureza de sus palabras y entiéndanlo una vez más, su cotidiano. Debía comprometerme pero, ni me dejó. Parece que estaba allí para cambiarme el día, los días, tal vez, una parte de mí. Me conmovieron sus ojos. Cada vez que se llora, al despertar, los ojos más claros, más puros, aunque los suyos tan oscuros, tan vacíos. Le dije que escribiría algo de ellos y sonrió pero, no creo que pueda leer esto, porque su ordenador lo tiraron contra la pared por no llegar temprano a casa.

Y ahora pido que os pongáis en situación; una muchacha de no más de treinta años, llorando con un bofetón marcado en la cara de su pareja, un niño a su lado dormido en un carro, desesperada por no poder encontrar trabajo y a la que solo le reconfortaba el abrazo de sus padres y el que un día, le dio un “niño” que hasta consiguió sacarle una sonrisa en un autobús.

Simbiosis, en la realidad y por favor, despertad.