El Gran Poder de Camas brilla en el ardor de su centenario

El señor de la Hermandad Sacramental salió en procesión el pasado sábado para conmemorar sus cien años de vida en una jornada que estuvo marcada por el calor en las primeras horas de la tarde
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Calor, irresistible calor. Los termómetros marcaban 37 grados de temperatura. El sol apretaba y quemaba. No era un día de otoño donde se agradecía que picara, no, era un día de verano a finales de septiembre. Pero las ganas, la ilusión y el deseo se unieron para vivir una jornada histórica. El Gran Poder de Camas salía a la calle para recorrer su pueblo, ese que nunca le ha fallado en estos cien años juntos.

Camas esperaba impaciente el momento. Los congregados buscaban en la plaza de la iglesia la sombra que apaciguara el intenso ardor. Para más inri, la cofradía se debía poner en la calle a las cinco de la tarde. Como bien nos dijo su hermano mayor, “elegimos esta fecha porque suponíamos que iba a hacer menos calor”.  No era un problema, se preparó todo al milímetro para que no pasara nada. Desde botellas frías de agua hasta un propio equipo médico acompañando al cortejo en caso de lipotimias.

Al salir el señor, la plaza ardió más que nunca. Las altas temperaturas se mezclaron con las emociones de los aplausos. Los decibelios de la banda subieron, el calor también y la combinación acreditó el histórico momento. El Señor del Gran Poder lucía una túnica nueva donada por los costaleros de la hermandad. El capataz general de la corporación, Rafael González Ibáñez, quiso que los costaleros de la Virgen de los Dolores también pudieran estar debajo del señor en esta extraordinaria.

El Gran Poder echaba a andar sobre su dorado paso. El enriquecimiento de la canastilla y los respiraderos que acometió hace años la hermandad brillaban más que nunca. Quizás el calor no era tan maligno si pensábamos en la enorme luz resplandeciente que brotaba de la joya andante. La calle José Payán era la primera testigo del gran recorrido que iba a realizar este nazareno con la cruz al hombro. Le esperaba el primer barrio de los tres alejados que iba a visitar. La Extremeña, una zona de Camas con cuestas, enormes cuestas, callejones y puntos con enormes pendientes. Quizás estaba en los libros de historia que la subida a este barrio iba a ser uno de los momentos más bonitos en los últimos tiempos.

El Gran Poder comenzaba a subir la empinada cuesta de la Extremeña. A un lado edificaciones, al otro campo. En el medio, el asfalto creciente y el señor subiendo a sones de la marcha “La Saeta”. La Agrupación Musical Santa María de la Esperanza echó el resto, y los costaleros también. Un esfuerzo titánico por parte de ambos que llevó a la talla cristífera hasta la cima de la pendiente y que fructificó en un cálido aplauso por parte del barrio. Fue un instante emotivo.

El Gran Poder de Camas subiendo la Cuesta de la Extremeña // Fotografía de Samuel López

El Señor volvía a pisar uno de los barrios más puros de Camas. Desde febrero no lo hacía, cuando transcurrió en andas por las calles de la Extremeña por motivo de la Santa Misión que realizó la hermandad a los barrios más alejados del centro. A las siete de la tarde, el Gran Poder puso el broche final con la salida del barrio por la calle Gerona. Se vivió mucha felicidad entre los vecinos de aquellas casas con calles laberínticas y cuestas a raudales.

Pero la procesión continuaba su curso y el siguiente destino era Caño Ronco. Otra mítica zona de Camas esperaba la llegada del señor en su paso. La tarde caía y el nazareno realizado por Francisco Marco Díaz-Pintado comenzaba a subir otra cuesta más. “Para mí fue la zona más emotiva de todo el recorrido” nos comenta en los días posteriores Manuel Amodeo, hermano de la corporación. La larga cuesta de Caño Ronco conducía a la barrtiada de la Uva. Allí, el señor se detuvo durante unos minutos. Un monolito se destapó y la cara del Gran Poder se quedó para siempre en la plaza del barrio en forma de azulejo. La Agrupación Musical Santa María de la Esperanza finalizó su participación en la extraordinaria. Lo dieron todo y se vio la recompensa. Enorme esfuerzo el que hicieron estos músicos que cada año suenan a mejor. “Hay que agradecerles la disposición que tienen siempre” nos comentaba José Luis Ruiz, hermano mayor de la corporación a pocas horas de la salida.

La hermandad comenzó a bajar por Caño Ronco para buscar la parroquia de la Fuente. El recorrido era largo, la noche ya era una realidad y el Gran Poder bajó en silencio por la cuesta del barrio. Las trompetas y los tambores se transformaron en el racheo de las zapatillas de los costaleros. No se escuchaba ni un alma. A eso de las diez y media de la noche, el señor ya estaba en La Fuente. Venía otro de los momentos especiales. La Agrupación Musical Santa María Magdalena de Arahal empezaba en este punto a poner sus sones detrás del Gran Poder.

El Señor del Gran Poder subiendo la cuesta de Caño Ronco // Fotografía de Samuel López

A esta formación se le quiere mucho, es la más antigua de las agrupaciones musicales. Como bien se le dice, es “la madre y maestra”. Arahal se unió a Camas para dejar huella en su legado. Sonó “Mi Señor de la Oración” para empezar la traca final que le llevaría a la hermandad a recorrer las calles más céntricas del municipio. Se notaba más público incluso. Se unió todo, la noche y la bajada de temperaturas, el Gran Poder y su música. A la medianoche la calle La Huerta se vistió de gala. El repertorio, la callejuela estrecha, la pequeña bulla y las ganas de disfrutar marcaron un antes y un después en la procesión. “Alma de Dios” para entrar en la calle; “Dios de Esperanza” en la primera revirá de la Huerta; “La Misión” para transcurrir por la vía y “Alma Mater” para salir de ella fueron las marchas que Arahal interpretó en este punto.

Uno ya se podía ir tranquilo a casa si quisiera pero la realidad es que los baberos empezaban a repartirse y no era momento para marcharse. Venía lo mejor de la extraordinaria. El colofón final que tuvo como antesala el paso del señor por su casa hermandad y la Plaza de la Cruz entorno a la una de la madrugada. Ni las altas horas de la noche hicieron que el público se fuera. Los cofrades tenían ganas de seguir disfrutando de los cien años de historia del Gran Poder.

Primer plano del rostro del Gran Poder en su salida extraordinaria // José María Silva

A la procesión le quedaban pocas horas pero muy intensas. Eso sí, el cansancio se hacía mella de los presentes. El esfuerzo desde las cinco de la tarde era importante. El reloj marcaba las 2:22 de la madrugada y a un servidor casi que se le cerraban los ojos. Pero quedaba la estocada final. El último aliento, el último deseo y la última chicotá. Y en ese momento me acordé de las palabras que me dijo el hermano mayor horas antes de salir a la calle. “Se ha trabajado con mucha intensidad y sacando fuerzas de donde no las había”. Había que sacar fuerzas para el final.

El sueño parecía acabar y la flor comenzaba a marchitarse. La plaza a rebosar y la expectación era máxima. El momento había llegado. Las dos últimas marchas para un instante mágico. Sonó “Nuestro Señor” y “Alma Mater”. Sonó a gloria, a vida, a todo. Los rostros de felicidad en los presentes camuflaban el enorme cansancio. Una vuelta de ensueño con las dos marchas hizo que el Gran Poder mirara de nuevo a su pueblo que tanto le ha dado en estos cien años de vida. El Señor entró a las tres de la madrugada en la parroquia de Santa María de Gracia y como dijo su capataz, Rafael González Ibáñez a sus costaleros antes de salir a la calle, “y estamos, no estaremos, pasará más gente…pero él siempre estará ahí”.

El Gran Poder y la fachada de la Parroquia de Santa María de Gracia

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