Dos polos opuestos: la vida en un pueblo o en la ciudad

Frente a los miles de vehículos que se ven cada día en las autovías de acceso a la ciudad y las miles de personas que conviven en ella, se encuentra a 67 kilómetros y en plena Sierra Morena, El Madroño, el municipio con menos habitantes de la provincia de Sevilla. La vida entre un punto y otro es totalmente distinta.
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Las ocho de la mañana de un día laborable en Sevilla es equivalente a un completo caos de ruido, coches y contaminación. La gente tiene que salir más temprano de sus casas de lo que les gustaría y aún así llegan tarde a sus respectivos trabajos. Solo los que tienen su espacio laboral a las afueras de la ciudad, pueden poseer el privilegio de no sufrir en demasía un largo tiempo de espera en el interior del vehículo. Al margen de todo esto y en el polo opuesto, se encuentran los típicos pueblos alejados del caos absoluto y sumergidos en una paz y una tranquilidad exquisita. En una tierra rica con la aparición de restos prehistóricos de dólmenes se encuentra El Madroño, el municipio con menos habitantes de la provincia de Sevilla. Para llegar, eso sí, dejas atrás un reguero de curvas serpenteantes y el paso por aldeas que pertenecen al mismo pueblo. 

“La vida en los pueblos no tiene nada que ver con lo que era antes” asegura Antonio López, alcalde de la localidad, que hace referencia al crecimiento de este municipio en relación al nivel de vida respecto a años atrás. Y es que El Madroño cuenta con trescientos habitantes censados, de los cuales la mayoría se dedican a la ganadería, al plan INFOCA y al trabajo en las minas de Riotinto, que se encuentra a unos quince kilómetros de la localidad sevillana. Este último punto es clave para entender la evolución demográfica de El Madroño ya que fue en los años sesenta cuando se traslada la fundición de las minas de Riotinto a Huelva, afectando de lleno a cuarenta familias madroñeras que trabajaban en este sector y que por tanto tuvieron que instalarse en la capital onubense junto a la fundición. Eso hizo que la población bajara considerablemente pero en la actualidad muchas personas que en su día se trasladaron hasta Huelva, han vuelto a El Madroño (ya jubiladas) para continuar su vida en el pueblo. 

Aurora es una de esas personas, una mujer mayor de baja estatura que emigró junto a su familia a la capital onubense y que desde hace años vive de nuevo en su pueblo.”Mi hijo se quedó allí pero yo me vine con mi hermano y aunque él ya ha fallecido, aquí estoy muy agusto” y prosigue “cómo en casa no se está en ningún sitio” afirma con tono tajante en el interior de la iglesia.

Reyes, una mujer de setenta y cuatro años que además resulta ser la madre del alcalde, señala la casa donde vive, “esa casa que ves allí al fondo es la mía”. El carácter tan cercano de la protagonista hace que el coloquio sea muy agradable. “Yo tengo cinco hijos, tres hembras y dos varones y además me casé muy joven, con veinte años ya tuve a la primera”. La tranquilidad del pueblo permite que la charla con Reyes se produzca en medio de la calle, justo delante de la puerta principal de la parroquia. Ni un solo coche interrumpe la conversación con ella. “A mí me encanta el campo, tengo un solar donde hacemos matanzas de cerdos y viene la familia, el pueblo e incluso gente de Diputación que son amigos de Antonio” indica la madre del alcalde. 

 

Torre de la Parroquia de San Blas en El Madroño

Tan singulares son estos pueblos que la naturalidad está presente en conversaciones como la de Reyes o Aurora, pero también la mantenida con Antonio que además asegura entre risas que “en este pueblo hay muchas fiestas”. “Tenemos la feria, la Cruz de Arriba en mayo y la Cruz de Abajo a finales de agosto, también la fiesta de San Blas (patrón del pueblo) en febrero y además las fiestas de cada una de nuestras aldeas (Juan Antón, Juan Gallego, Álamo y Villagordo) que cada una tienen sus cruces”.  No extraña tanto estas palabras de Antonio después de que Irene Gómez, la farmacéutica que tiene su establecimiento en el municipio, confiese que “el ayuntamiento está haciendo mucho por el pueblo, muchos fines de semana incluso vienen disc jockeys”. Esta joven de tan solo 30 años que vive en Las Pajanosas y estudió su carrera en Madrid, encontró la oportunidad de montar su negocio en El Madroño y comenta que “lo más importante en su negocio es el consejo farmacéutico y el trato con el paciente”, haciendo referencia al tipo de clientes específicos que tiene debido al número reducido de personas que conviven en el pueblo. 

La hora va dando lugar al momento de la cervecita en el bar del pueblo, el de Marcelo, que viene y va entre la barra y la despensa para atender a los madroñeros que llegan al establecimiento. Es el típico bar de toda la vida, al menos los de aquí en Andalucía, con elementos decorativos dedicados al mundo del toro y al fútbol, además de las tertulias de los señores mayores y no tan mayores del pueblo, que se concentran en el lugar para hablar de la vida y sus cosas. Cuando la cerveza va consumiéndose y el calor aprieta, aparece de nuevo Reyes con las llaves de la iglesia, “niño que te vamos a enseñar la parroquia” dice en el interior del bar, y mientras accede al templo empieza a explicar, “esta es la Virgen del Rosario que antes era la virgen del Cerro del Águila, hace poco se restauró”. “Antes esto era un cementerio, la parroquia es del siglo XVII y en la Guerra Civil la destrozaron” comenta al detalle la señora. Esas explicaciones tan específicas delatan el amor de esta mujer por el pueblo más pequeño de la provincia de Sevilla.

Ojo, para ser el más pequeño tiene Casa de la Cultura, piscina municipal, pista de pádel, un colegio donde cuentan con quince niños y cinco profesores, un consultorio y hasta un albergue con unas vistas a la sierra de una calidad exquisita. “Quiero licitar esto ya mismo y espero que el año que viene pueda estar en funcionamiento” asegura Antonio en relación al albergue, mientras comenta que es sin duda “su gran proyecto”. 

De la misma manera que las curvas serpenteantes del trayecto de ida te abrazan, también lo hacen en el trayecto de vuelta, pero eso sí, con una mentalidad diferente. El pueblo con menos habitantes de Sevilla acaba de dar una lección de vida maravillosa, con gente excepcional y con una calidad de vida llamativa. La burbuja de la tranquilidad va dando paso de nuevo al tumulto de coches que se van agolpando una vez que desembocas en la autovía de la Plata y cuando te topas de nuevo con la gran ciudad, ni te imaginas. Son las dos de la tarde en Sevilla, seis horas después del inicio hacia la aventura. El Madroño y sus habitantes han demostrado que no basta con la cantidad, sino con la calidad en la vida de cada uno y que siempre hay polos opuestos, hay blancos y negros, hay vida en los pueblos pequeños porque sus vecinos tienen corazones enormes.

Calle de El Madroño