Opinión: Libertad de lectura

Mandar libros obligatorios de lectura a cierta edad viene a decirnos que algo mal hemos hecho durante las anteriores etapas. Y que la libertad de lectura, al igual que otras libertades últimamente, comienza ya a tambalearse.

Últimamente, la Universidad se me antoja como una escuela de párvulos donde tienen que advertirle a uno qué hacer si no quiere quedarse atrás. Recuerdo aún aquellas veces que, en el instituto, citaba el tutor o tutora de turno a nuestras madres -sí, pocas veces fueron padres- para prevenir un suspenso o incluso una inminente repetición de curso. Ahora, sin embargo, somos ya mayores para que nos lo digan a la cara y en una tutoría colectiva -quizás porque realmente se trate de un fallo compartido, quizás porque la colectividad a veces sirva de anestesia para no enfrentarse de lleno al problema-.

Al comienzo del cuatrimestre, en varias asignaturas nos quisieron decir veladamente que cómo pretendíamos estudiar Comunicación si escribíamos un “ahi que ver” con la h según la ideología con la que nos levantáramos -hoy de centro-. Y fue la primera tutoría en la que nuestras madres no nos contaron lo mal que íbamos. El bofetón de realidad nos pillaba solos y mayores. Pero no tanto como para saber escribir bien todavía.

Así, la vacuna mágica por la que en muchas asignaturas optaron fue la del libro, la de leer como cura contra la insuficiencia -o el insuficiente-. Y hasta aquí todo bien. Sin embargo, se está maquillando la grave epidemia con lecturas que, por lo visto, tendríamos que leer porque vienen a cuento para mejor comprensión de la asignatura, cuando en realidad se trata de libros que son clásicos universales -y generales- que todos deberíamos haber leído ya. Y no nuestras madres por nosotros.

Que se utilice el libro como arma para vencer la falta de competencias lingüísticas es inteligente. Pero últimamente ocurre que, por igualar el nivel de un conjunto, se desfavorece a quienes iban por el buen camino. Ahora toca releer una docena de libros clásicos de cuyos nombres no quiero acordarme. Y a aparcar esas lecturas que estábamos leyendo por amor al arte antes de aquella riña, porque al final del día solo cuenta que apruebe el otro.

Académicamente, quizás sea buena lectora por haber sacado buena nota en el examen del libro que nos pedían. Pero todas las noches veo mi mesilla e intento recordar la historia del libro que verdaderamente quería leerme por cuenta propia y dejé apartado. Me estaba llegando a enganchar. Bueno da igual… total, ese no tiene evaluación.