Opinión: La mascarilla, nuestra falsa amiga

Tapar la mitad de la cara con un trozo de tela se ha convertido en una tendencia a la que nadie se ha podido resistir en las dos últimas temporadas, pero ¿todo lo que conlleva usarla es positivo?
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La mascarilla se ha convertido en el complemento indispensable para todos los "looks". Foto: Reyes Campos

La incidencia cada vez más baja de casos por coronavirus ha llevado a España a relajar sus medidas en el uso de la mascarilla. Un año y medio más tarde de la proclamación del Estado de Alarma y del confinamiento domiciliario de todos los españoles y del mundo, en general, llega el respiro que todos necesitábamos literalmente. Siguiendo las indicaciones del Gobierno, cada vez más personas prescinden de la mascarilla en espacios al aire libre o donde no hay aglomeraciones, pero algunos aún temen desprenderse de ella, sobre todo los ancianos; otros, quizás la usen demasiado poco…

Lo cierto es que nos hemos acostumbrado a las mascarillas e incluso nos han perjudicado estéticamente durante este tiempo de pandemia interminable. Los neumólogos apuntan que el uso habitual y correcto de mascarillas ayuda a controlar la propagación de la Covid-19, así como a filtrar el aire que respiramos para reducir los niveles de contaminación inhalados. Son afirmaciones sanitarias que nosotros no vamos a poner en duda, pero que necesitan del uso continuado del trozo de tela para que surtan su efecto. De la misma forma, reitero que ese uso prolongado ha repercutido en cuestiones estéticas y provocado una significante pérdida de seguridad en uno mismo.

Algunos dirán que darle importancia a nuestro aspecto con mascarilla es una ñoñería, pero seguro que todos hemos pensado en ello alguna vez. Estos meses no hemos sentido la misma ilusión de siempre al quedar con amigos, ni cuando llegaba la hora de ponerse guapo o guapa para salir. Los hombres más presumidos quieren salir con la barba perfectamente recortada y las mujeres con carmín o barra de color rojo en los labios, pero olvidan un detalle: hay que llevar tapabocas. Se ha convertido este año en el accesorio imprescindible que completa todos los outfits, el accesorio que camufla el trabajo que tiene una barba arreglada y que, inevitablemente, va a quedar manchado por el labial de todas las mujeres. Pero hablemos de lo que no se disimula con pintalabios o yendo al barbero, de los rasgos que nos diferencian del resto.

Es común que las expresiones faciales más peculiares de cada uno causen complejos en cualquiera preocupado con su apariencia. Pero ahora, hemos asimilado que esas cualidades quedan escondidas bajo una mascarilla, creando una falsa sensación de control ante una situación. Es decir, las personas adquirimos una falsa seguridad al usarla. 

Sabes que gracias a las mascarillas no se va a notar siquiera ese tic nervioso que acostumbra a hacerte pasar vergüenza, o que nadie va a fijarse en tus paletas separadas al sonreír. Vas a sentir como si hubieras superado un complejo que sigue ahí y que sabes que, en algún momento, cuando se normalice salir a la calle sin mascarilla, tendrás que volver a aprender a asimilar. Desde cero. Con lo que costó hacerte a ese rasgo raro que te define. 

Usar de forma indefinida un accesorio que nos tapa la mitad de la cara ha supuesto un proceso de adaptación hacia nuevas formas de conocer y relacionarnos con las personas. Nuevas formas que se basan en ocultar matices imprescindibles de cada uno, como puede ser la silueta de la nariz o un lunar característico sobre el labio superior. 

La mascarilla nos está privando de disfrutar de los placeres naturales de la vida.