Opinión: No estoy loca, estoy enferma

La bulimia en una sociedad ignorante
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En cuanto se enteran, empiezan a mirarte como si te estuvieran perdonando la vida. Los ojos se cargan de una compasión y una lástima que no queremos y que no necesitamos. Volvemos a darnos cuenta de que la sociedad no está preparada para aceptar que la bulimia, como la anorexia o los trastornos por atracón, es una enfermedad y, además, es muy complicada.

La sociedad actual está consiguiendo deteriorar la norma de establecer un canon de belleza y que las actitudes sociales se rijan desde ese punto de partida, y eso es fantástico. Pero también es cierto que la misma sociedad sigue tratando como tabúes el tema de los desórdenes alimenticios. Y digo yo, ¿somos conscientes de las personas que se pueden salvar de una enfermedad evitable si dejamos de callarnos y mostramos la experiencia? ¿Seremos alguna vez capaces de hablar sin miedo a que nos tachen de locos?

La bulimia está estigmatizada. O no. El estigma de la bulimia está en los ojos que la miran. La bulimia es una enfermedad, sin discusión, sin lugar a cuestionamiento. Una enfermedad que consume, agota y destroza física y mentalmente. Una enfermedad que, en su cara más extrema, puede llevar a la muerte. Y aún así, sabiéndolo y aceptándolo, en vez de destruir los mitos que forman parte esta enfermedad, los aceptamos y los reforzamos.

Si cuentas a alguien que tienes bulimia e intentas explicar cómo te sientes y es tan complejo que recurres a alguna metáfora o a algún sentimiento, no es difícil escuchar comentarios tan crueles como “¡Ah, sí! Lo de la vocecita interior, ¿no?” o “¿Se te mete el diablo dentro?”. Ninguna persona que no haya pasado una situación similar puede llegar a imaginarse el dolor que ocasionan estos comentarios.

La lucha de un enfermo de bulimia es constante y es la peor de las luchas porque lucha contra sí mismo, contra sus sentimientos y sus emociones, lucha contra lo que le mantiene vivo y lucha para mantenerse vivo. Sin embargo, el eterno problema de la ignorancia consigue que, en la sociedad, la bulimia siga aceptándose como un problema casi voluntario por parte del enfermo.

Y ya está bien. Hay que cortar de raíz. Hay que gritarle al mundo que que no estamos dementes, sino enfermos y que nos queremos curar. Hay que luchar para que las generaciones venideras manejen información suficiente para poder sortear las causas que pueden desembocar en un trastorno como la bulimia. Hay que romper tabúes, hablar con libertad, con decisión y sin vergüenza. Hay que acabar con la ignorancia y concienciar a la gente de que no solo mata el cáncer, de que la bulimia también tiene tratamiento y de que la empatía es la clave para apoyar al enfermo. Hay que mostrar el problema para aprender a reconocerlo porque, solo así, seremos capaces de pedir ayuda y superarlo.