Opinión: Disidencia

Los partidos políticos en España raramente han sido un ejemplo de integración de voces discordantes
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Alfonso Guerra, dirigente histórico del PSOE que acuñó la expresión “el que se mueva no sale en la foto”. Fotografía | EFE

La RAE define “disidencia” como la “acción y efecto de disidir”, que a su vez significa “separarse de la común doctrina, creencia o conducta”. En toda sociedad, organización, gremio o sindicato existen voces discordantes con la opinión hegemónica del momento. Y por su puesto, también en los partidos políticos.

Reza el artículo 6 de la Constitución que estos “expresan el pluralismo político, concurren a la formación y manifestación de la voluntad popular y son instrumento fundamental para la participación política”. Es decir, que son la materialización de las sensibilidades de la población para dar cobertura a las preferencias ideológicas de la sociedad.

Sin embargo, ese mismo postulado añade una sentencia fundamental: “Su estructura interna y funcionamiento deberán ser democráticos”; o lo que es lo mismo, debe haber diversidad de opiniones. No puede ser una secta.

Es evidente que si uno milita en un partido político es porque comparte el fin que esa entidad propugna: socialismo, liberalismo, justicia social, igualdad,… No obstante, siempre puede haber, y es sano que las haya, diferencias en torno a los mecanismos empleados para alcanzar ese propósito. La contrastación de argumentos y propuestas enriquece el debate interno de un partido.

El problema llega cuando esa divergencia desata una guerra interna entre partidarios de una corriente u otra o, en el más extremo de los casos, la purga de los disidentes de la corriente mayoritaria.

En ese sentido, no ha habido formación política más cainita en la historia de España que el Partido Socialista. La trayectoria del máximo exponente del socialismo español, definida ingeniosamente por Federico Jiménez Losantos como “cuando al PSOE le duele la barriga, a España le duele la cabeza”, ha estado marcada, prácticamente desde su fundación, por la discrepancia y la ruptura, alimentada por la propia pulsión autodestructiva que lo ha acompañado desde siempre: decidir entre el alma reformista o la revolucionaria.

En 1921, las disputas en torno a la posición que debía adoptar el partido ante la Internacional Comunista, aquel engendro diseñado por Lenin, desembocó en una escisión de la que nació el PCE. Durante la Segunda República, el choque entre los partidarios del bolchevismo, comandados por Largo Caballero, y los de corte moderado, encabezados por Julián Besteiro, —en medio ambos estaba Indalecio Prieto— fue clave para el clima de conflicto social del país, sobre todo en el 34.

En el año 74, la llegada de Felipe González a la Secretaría General, impulsado por los nuevos líderes socialdemócratas de la Europa Occidental (Willy Brandt, François Mitterrand y Olof Palme), dejaba a un lado a los incondicionales del PSOE radical de los años 30, provocando la salida del partido del último socialismo intransigentemente revolucionario, del que surgiría el irrelevante PASOC. Cinco años después, aquello quedaría confirmado con la renuncia oficial de la dirección de González al marxismo.

La cúpula actual del PSOE, nacida curiosamente de otra guerra civil entre los más izquierdistas —los de Pedro Sánchez— y los más centristas —los de Susana Díaz—, cuenta con un rasgo muy particular. Las principales voces discordantes están agrupadas en torno a aquellos que desecharon las ideas del socialismo marxista, como Fernández Vara, discípulo de Rodríguez Ibarra; Emiliano García Page, de Bono o Susana Díaz, de José Antonio Griñán. Y por encima de todos ellos, el factótum Felipe González, el mismo al que Pablo Iglesias acusaba de tener “el pasado manchado de cal viva”; siempre acompañado (juntos pero no revueltos, eso sí) de Alfonso Guerra. Ninguno de ellos, principalmente los veteranos, muestran demasiada simpatía por la deriva actual de la formación a la que pertenecen o pertenecieron.

Afirma Adriana Lastra, la portavoz que dice haber trabajado de todo pero de cuyos empleos no sabemos nada, que ella “siempre” escucha “atentamente a nuestros mayores”, pero que “ahora” les “toca” a ellos, ya que son “una nueva generación a la que le toca dirigir el país y la dirección del PSOE”. Quizá eso sí sea un mérito laboral para la asturiana.

Y es que queda claro que pactar con Podemos, lo que implica de facto tener que alinearse con nacionalistas e independentistas para articular una mayoría sostenible, es algo que no gusta en el sector más tradicional de los socialistas; ese al que despectivamente se refiere Enrique Santiago (líder del PCE, miembro de Podemos y ahora compañero de fatigas de Sánchez) como “la parte del PSOE que no le gusta que se hagan políticas de izquierdas”.

Tampoco es Podemos precisamente un ejemplo de integración de voces discrepantes. De la primera cúpula del partido —Pablo Iglesias, Íñigo Errejón, Luis Alegre, Juan Carlos Monedero y Carolina Bescansa— solo sobrevive uno. Qué casualidad que sea el mismo cuyo retrato esbozaba el logo de la formación en las primeras elecciones a las que se presentó (las Europeas de 2014).

En la carta que escribió cuando despachó a Errejón y Carmena por crear una alternativa a su proyecto unipersonal, Iglesias se indignaba asegurando que “no daba crédito a que Manuela e Íñigo nos hayan ocultado que preparaban lanzar un proyecto electoral propio para la Comunidad de Madrid y que lo hayan anunciado por sorpresa”. En esa misma misiva, sentenciaba que “ninguna persona está por encima del proyecto colectivo”. Es de suponer a que se refería a nadie excepto él, claro está.

Aunque sí las más delirantes, no son las guerras intestinas un patrimonio exclusivo de la izquierda. En el 86, la Alianza Popular de Fraga echó de forma abrupta a Jorge Verstrynge, ahora convertido por despecho en referente intelectual de Podemos, cuando este trató de arrebatarle el liderazgo de la agrupación. Por no hablar de Mariano Rajoy y la purga de aznaristas que ejecutó en 2008 tras perder las segundas elecciones consecutivas con Zapatero. “Si alguien se quiere ir al partido liberal o al conservador, que se vaya”, invitaba el bueno de Mariano en aquel congreso de Valencia.

Pontificaba José María García que “la unanimidad es propia de tontos”. Por la propia condición del ser humano, es imposible que en una formación política solo pueda existir un único pensamiento. Es más, si eso fuera así, un partido no tendría un funcionamiento “democrático”, como demanda la Carta Magna. Desgraciadamente, en un país tan maniqueo como España, la disidencia interna raramente termina con un consenso entre las diferentes posturas enfrentadas. Casi siempre se acaba imponiendo la guerrista premisa de “el que se mueva, no sale en la foto”. Y es que el más mínimo gesto puede provocar que uno se dé en la frente contra el que pone el marco. O como fue el caso de Errejón, en las gafas.