Opinión: Los mártires del independentismo catalán

El movimiento se ha convertido en un experto a la hora de convertir en víctimas para la historia a personajes de curioso nivel y condición
Quim Torra, expresidente de la Generalitat. Fotografía | AFP / PAU BARRENA

El nacionalismo se nutre de mártires. Uno de los factores que mantiene la cohesión del independentismo catalán a nivel social, y que la reaviva a nivel político, más que nada porque entre ellos mismos están todo el día a la gresca, es la creación o el recuerdo de víctimas que aglutinen al movimiento. Todos ellos, claro está, víctimas del “opresor Estat espanyol”. Desde Lluís Companys hasta Torra, pasando por Puigdemont, el independentismo ha conseguido construir la imagen de una suerte de héroes de la resistencia ante la represión a partir de personajes del más variado pelaje y condición.

Empezando por el propio Companys. Del que fuera presidente de la Generalitat durante la Segunda República, dijo Francesc Cambó, uno de los ideólogos e intelectuales más importantes del nacionalismo catalán del primer tercio del siglo XX, como bien recordaba Carlos Herrera con motivo de la Diada del 11 de septiembre a raíz de la exigencia de disculpas por parte de Torra a España por su fusilamiento, que “el peor error que cometió el Franquismo fue fusilarle porque convertía a un mediocre en un mártir”, cuando por trayectoria no merecía pasar a la historia con tal consideración.

Companys, del que a menudo cínicamente recuerda Gabriel Rufián —lo hace para arremeter contra Ayuso— en Twitter las palabras que este pronunció en un discurso el 14 de marzo de 1937, en plena Guerra Civil, “madrileños, Catalunya os ama”, fue uno de los partícipes del golpe de Estado de octubre del 34, proclamando unilateralmente el Estado Catalán, del que sería indultado por el Frente Popular; el máximo responsable del Terror Rojo de Barcelona, de la persecución y ejecución de más de 7.000 personas durante la contienda por ser sospechosos de rebelión —y de otros con los que tenía cuentas personales—; y el creador de Tribunales Populares en Cataluña para el hostigamiento a rivales políticos, algunos incluso de la izquierda catalana. Y todo ello, realizado durante la Segunda República, para que vean ustedes lo que les importa de verdad a este gente si en España la Jefatura del Estado la deciden las urnas o la sangre cuando dicen que la repudian por ser una “Monarquía corrupta”.

Otro de los personajes, más modernos ya, elevado al santoral del lazo amarillo, es Carles Puigdemont. Aquel que iba de número cuatro por Gerona en las Elecciones Autonómicas del 2015 y que llegó a la Presidencia de la Generalitat auspiciado por los radicales de la CUP para librarse de Artur Mas —otro al que también han convertido con el paso del tiempo en un mártir tras ser condenado por organizar la consulta del 9 de noviembre de 2014—, ha acabado por convertirse en el “president a l’exili” del independentismo.

Un exilio que consiste en haberse fugado de la Justicia española por los mismos delitos que han costado largas penas de prisión a nueve de sus compañeros, para acabar viviendo a cuerpo de rey en Bélgica, curiosamente en un país que es una Monarquía y precisamente en la ciudad que le costó el poder a Napoleón, Waterloo, mientras se pasea por Europa denunciando lo “fascista” que es España.

Y el último canonizado por esta terrible represión es el sujeto que hasta hace una semana ostentaba el cargo de máximo representante del Estado en Cataluña, aquel que llegó para aplicar “el mandato del 1 de octubre” pero que no ha podido ni aprobar un presupuesto en dos años y medio de legislatura. Quim Torra, del que lo único que se conocía antes de presidir la Generalitat eran unos artículos en los que afirmaba textualmente que los españoles eran, como recordaba El Periódico de Catalunya, “bestias carroñeras, víboras, hienas. Bestias con forma humana que destilan odio”, “no es nada natural hablar español en Cataluña” u “Hoy nada es más igual a un socialista catalán que un socialista español. La vieja y honorable raza del socialista catalán se dará por extinguida”, condenado por el Tribunal Supremo por delito de desobediencia por emplear las instituciones públicas como herramienta de propaganda política, ha tenido el honor de ser el último integrante de este selecto club.

O quizás no, quizás este título recaiga próximamente en alguno de los profesores y rectores de la Universidad de Barcelona, recientemente obligada por un juzgado de lo contencioso administrativo a anular un manifiesto de rechazo a la sentencia a los condenados por los eventos de septiembre y octubre de 2017. ¿Se imaginan ustedes que este centro universitario, EUSA, se pronunciara reprobando a la Audiencia Provincial de Sevilla por la sentencia de los ERE o a la Audiencia Nacional por la de la Gurtel? Pues eso ha sucedido en Cataluña.

Y es que en esa tierra, bella, plural y experta en la creación de arte (Dalí), arquitectura (Gaudí), gastronomía (Ferran Adriá) y letras (Manuel Vázquez Montalbán), hay un sector que también lo es en la construcción de mártires. Porque, como diría Rajoy, “los catalanes —en este caso los independentistas— hacen cosas”.