Opinión: Los 100.000 hijos de San Estado

El pin parental dará, a los padres murcianos, la capacidad de vetar las actividades complementarias de sus hijos durante el horario escolar
Pin parental
Pin parental, la medida que permitirá a los padres murcianos vetar las actividades complementarias de sus hijos en el horario escolar

Vox ha vuelto a salir a la palestra de las críticas sin miramientos pero no sin razón. ¿El motivo? El famoso pin parental. La medida estrella con la que los padres murcianos tendrán derecho a vetar las actividades complementarias que se imparten a sus hijos por parte del personal externo al centro en horario escolar, aunque el profesorado lo encuentre necesario. Según La Vanguardia, “los padres temen que no se limite el pin parental a las actividades sobre sexualidad y llegue a afectar, incluso, a capítulos de la historia que se  interpreten de forma diferente”. El hecho de manejar la historia a su antojo es un tema que está, por desgracia, a la orden del día. Podemos preguntarle a los independentistas que forman parte del Gobierno de Cataluña o a algunos de los nuevos Ministros y Ministras, cargas y cargos públicos que les siguen el corrillo. De manejo de la historia conocen bastante.

No han tardado, el resto de partidos políticos, en avasallar la propuesta con sus diferentes puntos de vista. Los más surrealistas, de momento, van a caballo, entre el de la Ministra de Educación, Isabel Celaá, y la Ministra de Igualdad, la igualitaria rodeada exclusivamente de mujeres, Irene Montero.

La primera ha expresado, supongo que sin pensarlo demasiado, su rechazo al pin parental alegando que “los hijos no pertenecen a los padres”. Entonces, ¿a quién? No pretenderá decir que pertenecen al Estado, ¿no? Tal y como eran aquellos niños de la Alemania Nazi, los que cantaban y rezaban por y para su Führer. A veces, las comparaciones son odiosas, pero se ha de pensar antes de dejar salir de entre los labios lo primero que se venga a la cabeza.

El desazón se hace real con la afirmación de Irene Montero al decir que “los hijos e hijas de padres y madres machistas también tienen derecho a ser educados en valores igualitarios, en libertad y en el feminismo, de amar a quien quieran y cuando quieran”. Primeramente, felicidades por usar el lenguaje inclusivo sin liarse. Segundo, ¿cuándo se ha pasado de la educación lectiva al amor o los sentimientos de las personas? Es el siglo XXI, por si no lo recuerda, Montero. Para amar a quien se quiera no es necesario ahondar en estudios, ni siquiera tenerlos. El amor nace desde lo más profundo de cada persona. Son ellos mismos quienes, tarde o temprano, entrelazan su vida con la persona que desean, al margen de las materias y actividades que se les imparten desde preescolar hasta la universidad. Como si quieren no compartir su vida sentimental con nadie, empoderamiento y autonomía solitaria, ¿recuerda? Tan lícito como cualquier condición.

Pin parental. Tweet de @LaGallina_

Contrarrestando a las opiniones negativas de las Ministras y sus partidos, aparece la de Pablo Casado. El líder de los Populares asegura con contundencia  “mis hijos son míos y no del Estado, y lucharé para que este Gobierno radical y sectario no imponga a los padres cómo tenemos que educar a nuestros niños. Saquen sus manos de nuestras familias”. Se ha de entender que los hijos son de sus padres hasta que ellos tengan la autonomía suficiente para ser verdaderamente libres, incluso fuera del yugo del Estado, también opresor.

Cuando quieren hacer desaparecer la asignatura de Religión, Estudio de las Religiones o cuando el Gobierno socialista andaluz, que ha estado durante 40 años de “democracia”, escoge a su interés los libros de historia de sus alumnos, todo bien, porque ellos son partidarios a eliminar todo lo que huela a catolicismo. Pero cuando la derechita o el trifachito, como los hacen llamar, se les interponen a sus propuestas u opiniones, aparecen palabras como retrógrados, fascistas, opresores o radicales.

Háganselo mirar. Respeto, pónganlo en práctica y no permitan que sea sólo una palabra que berrean desde sus sillones de terciopelo en la Cámara Baja.