OPINIÓN: Miserere Mei

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Si alguna vez habéis visto a un Dios, seguro que habrá sido en un rincón de alguna plaza de Sevilla. Siempre suele estar sentado a la derecha del Padre, en la puerta de las iglesias con un letrero de cartón, donde anuncia con un INRI que, es un despojo de la sociedad profana. No lleva oros y en la mayoría de ocasiones, ni túnica porta. En esas caras, en la locura, en el dolor secular, se encuentra el rostro de la misericordia.

Es la misma misericordia reflejada en la cara de un cristo sevillano que vive entre vencejos entretenidos por los matorrales de su frente. La misericordia de la Iglesia que, tantas veces ha sido vencida por el mal y que ya es hora de reconocer los errores, tiene el reflejo de su alma en la cara de un cristo andaluz. Y sí, el reflejo porque ya quisiera la Santa Iglesia obrar lo mismo que hizo un hombre en Jerusalén al que crucificaron y venció a la muerte. No sean ilusos tampoco que, para vencer a la muerte, solo hace falta un viernes en San Lorenzo mirando el rostro de la misericordia.

Cuando sabes que no hay vuelta atrás. Decisiones que arremeten. Volver a soñar lo soñado y cuando lo miras, ¿qué sientes? Le ves las manos, la boca, los ojos, la frente. Pies descalzos, llamas dolientes. No te levantan la mano, Señor que hasta el corazón apuñalas, cuando buscan en ti el amor, y en tus ojos, no hay nada. Existe el frío y el poniente, tiempo bueno en mi tierra, yo me entiendo. Pan duro para el rico y para el pobre, misericordia.

Ha llegado ese día de volver a verte. De la ilusión de los ¨te quiero¨, la emoción al comprenderte y de seguir soñando a Sevilla, como sólo Dios la entiende. Sevilla, para su tiempo. Vienen a verte. No dirá tu pueblo entero, ¡qué envidia poder tenerte! Dios para el que cree, Dios para el que lo ignora. Gracias a él y a su estampa, Sevilla manda ahora. Quiero un Dios para el que ama y otro para el que mata. Todo ello en sus mejillas, en la misericordia.

Y es levantar la vista del suelo y verle a Él. El barroco hecho figura; la figura convertida en el Hijo del Hombre. Y cuan más alta la mirada, poder llegar al cielo. Y del cielo de Sevilla al paraíso, sólo una torre y ésta, es la Fe. Desde el cielo, el calor del querer. El beso en la frente al que se añora con locura y la caricia en la mano del que muere. Es, un recuerdo. Es la noche en madrugada y "La Madrugá" cuando anochece. Porque ahí es donde reside el consuelo y el amor, la soledad y la esperanza eterna. En la mirada enamorada de una noche que reza, llora y sueña en una "zancá" que sale de Sevilla al corazón de la misericordia.

Déjame que por último diga, Dios del madero del árbol caído, que allá donde el cielo cumple, siempre será fiel testigo, la Sevilla que adormeces entre tus manos y en ella, mi amor, contigo.

Hoy Dios, no va en un paso. Sigue en su postigo esperando limosna. Hoy, siempre y por los siglos de los siglos; misericordia.