El arte de educar con sentido común

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No hay nada en el conocimiento que le impida ser transmitido. Lo que ocurre es que profesores de todos los niveles educativos y las eminencias intelectuales a los que las masas siguen en las redes y en los medios tienden a transmitir un conocimiento filtrado, donde sus propias ideas pueden llegar a adquirir un carácter más didáctico que cualquier libro de texto.

Para ilustrar este punto, Juan Mateo Díaz, economista y experto en finanzas contaba en el Congreso de Mentes Brillantes 2015 la historia de “Dos Deshollinadores Judíos", extraído de su libro "Cuentos que mi jefe nunca me contó”.

De esta primera idea se puede deducir, como decía Gregorio Luri, maestro y filósofo, que el pensamiento crítico no es crítico en realidad. Son las personas influyentes en los diversos ámbitos las que ofrecen su punto de vista sobre un tema (o sobre la vida en general), y las masas las que repiten opinión.

Por esta razón es importante desarrollar el pensamiento creativo a lo largo de la vida escolar (tanto si es en Primaria o en la Universidad) y reinventar las vías tradicionales como la lectura, la redacción o los debates. Ofreciendo a los jóvenes lecturas interesantes o didácticas los profesores son capaces de captar su atención y los incentivan, no solo para que sean conscientes de que ciertas cosas existen; también para comprenderlas y generar nuevas ideas.

Es interesante la teoría del investigador Jorge Wagensberg, que afirma que “hay distintas formas de capturar ideas: por intuición, comprensión del mundo que nos rodea o por una concepción estética o ética del mundo”.

 

Enseñar no es lo mismo que educar.

Y es que hay escuelas tan centradas en etiquetarse como progresistas -en el sentido de innovar con sus métodos educativos- que al final están destinadas a un desenlace negativo. En realidad, esas escuelas deben centrarse en preparar a las nuevas generaciones para enfrentarse a problemas nuevos sin dejar atrás la educación básica; pero al final terminan cayendo en el error de influir en la forma de pensar y trabajar de los estudiantes, en vez de enseñarles a crear, razonar y diseñar por sí mismos”. Esto se llama ”enseñar sin educar", y es uno de los "mayores errores” que puede llegar a cometer un profesor.

Hay que enseñar a aplicar el conocimiento. En países como Estados Unidos o Corea del Sur el alumno/a investiga, propone y se sube a la palestra para explicar o exponer al público lo aprendido de forma mucho más natural que el alumnado español, que se dedica a absorber unos contenidos dogmáticos y vomitarlos en un examen que constituirá el 70%-100% de su nota final; sin saber, además, cómo darles una utilidad práctica en sus vidas cotidianas.

 

Enseñar desde el cerebro del que aprende.

El Dr. José Antonio Fernández Bravo, investigador de procesos de enseñanza para la innovación educativa, subraya que la pregunta fundamental no es "cómo de bien realiza el niño los ejercicios que hace, sino cuánto bien le hacen al niño esos ejercicios". Según este educador, "hay que escucharlos, porque hacerlo es preguntarse por qué hacen lo que hacen o por qué dicen lo que dicen", y así poder “enseñar desde el cerebro del que aprende”. Los maestros están tan pendientes del temario que tienen que transmitir que se olvidan de escuchar a sus alumnos. Sus respuestas son el espejo del sistema al que se están sometiendo. Los niños de hoy en día son como soldados, que se rigen por los preceptos de los adultos, cuando deberían ser libres para desarrollarse a su manera y elegir su propio camino. Los niños dejan de querer ser astronautas para convertirse en adultos de trajes grises porque la sociedad los traba, no porque dejen de querer ser astronautas.

 

Una buena enseñanza para el creador es agitar el mundo.

Por lo tanto, ¿cómo estimular la creatividad en la educación? Lo primero es un buen profesor, uno que inspire y priorice la creación, comprender en ciencia y la conversación.

“A los mayores genios de la Historia se los considera genios por haber innovado de alguna forma en los diversos ámbitos que dominaron en su momento. Muchos son los que envidian esa capacidad para la creación; pero lo que la mayoría de la gente no se plantea es que esas personas pudieran tener buenos maestros, dado que para muchos la genialidad es un fenómeno espontáneo… cuando realmente ésta no suele ser innata y también supone un esfuerzo”. Un buen maestro “no es necesariamente el profesor que les dio clase en algún momento durante su vida escolar”; sino la persona que les inspira enseñándoles. A Albert Einstein uno de sus profesores le dijo que no llegaría a nada en la vida, y el profesor de Edison que éste era un niño estéril e improductivo. Sin embargo, ambos se han convertido en iconos de la ciencia y la innovación, y siguen inspirando a las nuevas generaciones con sus hallazgos.

 Es la complejidad de la interacción la que hace que el mundo sea un todo. La necesidad de crear ideas proviene de una contradicción, por eso las contradicciones son importantes. Los niños las necesitan para hacerse preguntas y reflexionar. Estas son las semillas que fomentan el interés y el verdadero aprendizaje, un aprendizaje que ayuda a comprender mejor el mundo que nos rodea y (en los mejores casos) agitarlo. Y así, adquirir el poder para revolucionarlo.

Fuente: Congreso de Mentes Brillantes 2015.