Toledo, una ciudad de misterio

0
345
Tras una larga travesía, la llegada se hacía más que merecida y misteriosa. Las puertas del tren se abrieron, varias personas con su equipaje esperaban de pie junto a la puerta. Al bajar se difuminaba a lo lejos lo que sería un gran viaje. Su fortaleza rodeaba a grandes edificios destacados por su belleza, se respiraba la magia que albergaba entre sus calles.
 
Sentía un escalofrío por mi cuerpo, edificios enormes de granito conservados de una forma implacable. A lo largo del camino el ancho de las calles se iba disminuyendo.
 
Tras un ligero paso por el lugar donde me hospedaba, me encaminé a una de las más importantes exposiciones de un viejo pintor que vino desde tierras helenas para plasmar “Arte y Oficio” como titulaba en los rótulos de su entrada, cuyo edificio poseía de enormes detalles de artesanía popular dibujados por grandes dinteles y arcos tallados a mano que enmarcaban una inmensa puerta. Sentía el entusiasmo de la gente observando con pausa; todos y cada uno de los trazos de las láminas que colgaban de sus grandes paredes que perfilaban su final con un largo corredor hacia un bonito jardín.
 
De vuelta a las calles, tracé mi camino subiendo unas grandes escaleras gobernadas pon una enorme escultura de Don Quijote de La Mancha, que desembocarían en la plaza más representativa del municipio repleta de turistas, vecinos y comerciantes de todas las edades. Descansando, comiendo, fotografiándose, viendo escaparates, esperando el autobús, niños correteando en busca de sus madres a la salida del colegio, cada cual con su quehacer en la fría plaza toledana.
 
Entre la muchedumbre observé una gran cantidad de locales marcados por la estética línea de la arquitectura que predominaba en la vieja capital manchega situados en restaurantes, tiendas de ropa y joyerías. Sin embargo, lo que más llamaba la atención eran las famosas tiendas de armas que tenían una especial atención de los turistas. La historia se recreaba en cada una de esas piezas mostradas en los escaparates. Sentía como si me hubiese desplazado a aquella época pasada.
 
Lo cierto es que de todas aquellas tiendas que vi, recuerdo especialmente una situada junto a la Catedral adornada por su enorme exhibición de oro y plata. Si por fuera era bonito, por dentro impresionaba mil veces más. Todo tipo de armas y armaduras de multitud de etapas diferentes, joyas antiguas con piedras preciosas, bandejas y jarrones de plata y oro. No sabía muy bien por dónde empezar a mirar. Estuve un largo tiempo en su interior asombrado por aquellas maravillas. Cada pieza representaba su modo de vida, sentía que cada una tenía una gran historia detrás.
 
Tras mi marcha, se observaba la belleza de una gran torre gótica de la Catedral que parecía acariciar las nubes del cielo con su veleta. Numerosos picos se veían en la torre más alta. Junto a ella, un puente con pequeñas ventanas enrejadas que hacía de conexión con su interior de lado a lado de la calle.
 
A las puertas de Santa María, que da nombre a la Catedral de Toledo, se situaba una gran plaza de piedra que compartía junto al Ayuntamiento entorno a una pequeña zona de césped donde algunos ancianos estaban sentados en unos bancos pasando el tiempo mientras admiraban con encanto la belleza del paisaje, contando historias de su pasado y compartiendo su tiempo con los amigos de toda la vida.
 
Acompañado de un viejo amigo de la ciudad, descubrí algunos de los secretos que escondía la blanca catedral. Entre tantos, destacaban el tragaluz creado entre las pinturas del techo y la gran campana que asomaba desde lo más lejos donde tras un peculiar acceso por diferentes escaleras de caracol y de pasadizos estrechos llegaría hasta un último peldaño por el cual me haría flotar como si desde una nube visualizara todo el horizonte al disfrute de un paisaje precioso cruzado por el popular río Tajo.
 
Desde allí, apenas recordaba la fila que se detuvo en medio de la escalera por temor a las alturas y debido a la claustrofóbica que poseía. Sin embargo, sí que recuerdo  la ‘gran campana’ que lideraba en toda tierra hispana por su enorme envergadura  con un diámetro de casi tres metros y un peso de entre siete mil y ocho mil kilogramos, con una inmensa grieta para que el sonido no rebote y suene de forma más fina.
 
Lo más curioso de aquello -sí cabe-, era la gran estructura sobre la que yacía de madera antigua en un perfecto estado que envidiaría a muchos monumentos no tan meticulosamente cuidados.
 
Desde allí nos informaron de la forma de transporte y como la subieron hasta lo más alto. Hicieron falta miles de andamios e incluso desmontar la parte lateral de la torre para que cupiese.
 
De vuelta, una vez más escaleras y pasadizos por mi camino hasta llegar a la puerta final. A lo lejos divisé un callejón el cual me llamó la atención por su estructura cubierta y decidí seguir por allí. Este callejón tenía vigas de madera en el techo y las paredes completamente cubiertas de ladrillo.
 
En cada uno de sus dos extremos tenía una puerta decorada de una forma muy especial la cual nunca había visto puesto que era la primera vez que veía una tachonada de semejante material. Estaba ya atardeciendo cuando dejé atrás esa puerta y me volví al verme rodeado por enormes edificios.
 
Leí un pequeño cartel que titulaba “Callejón de Santa Úrsula”. Giré mi cabeza, y pude ver como destacaba una tienda muy pequeña en una esquinita. Parece escondida, pensé. Era totalmente diferente al resto, no tenía escaparates y su interior era tan, tan, tan extremadamente sencillo… Tenía una vitrina de exposición a su derecha y en su pared izquierda, la cual estaba forrada con maderas.
 
Había colgadas algunas muestras de espadas, al fondo estaba el mostrador y unas grandes puertas de vidrio translucido, con travesaños de madera oscura que la dividía en grandes cuadrados.
 
Al entrar sonó un timbre varias veces, no había nadie, estuve viendo con detalle las espadas, algunas estaban grabadas en la hoja, otras tenían una detallada y calada empuñadura. Las puertas de vidrio y madera se abrieron y de lo que parecía un taller salió el dependiente y dueño del tradicional negocio.
 
Tenía ropas sucias, como si saliese de un taller mecánico pero lo que más me sorprendieron fueron sus manos, estaban sucias y le faltaban algunos dedos. Deduje que los había perdido forjando alguna espada.
 
Yo como estaba un poco sorprendido con todo aquello y en verdad no tenía ninguna intención de comprar nada le aseguré que tan solo estaba mirando el enorme repertorio medieval que se encontraban en aquel pequeño espacio y lo sorprendido que estaba por el trabajo de cada una de las piezas.
 
Aproveché y pregunté al viejo herrero sobre sus obras de arte, y muy ilusionado me relató miles de anécdotas acerca de las estrategias que seguían para el uso de la espada en combate.
 
Asimismo, me estuvo explicando cómo forjaban sus espadas y todo el proceso que tenía que seguir, así como meter el acero en grandes calderas de fuego, manipularlo cuando estuviese ardiendo y posteriormente enfriarlo y darle el acabado final.
 
Hacía todo tipo de armas, espadas, mandobles, espadines de duelo, katanas, puñales, dagas e incluso fundas para todas ellas.
 
Hubo algunas espadas que me sorprendieron mucho por su curvatura, me explicó que eran árabes. Sus empuñaduras eran impecables, caladas y con gran cantidad de detalles. Otras que me llamaron la atención fueron las imitaciones que hacían a las espadas del Cid, eran preciosas, parecían de película.
 
Un dato muy curioso fue cuando le pregunté si las espadas cortaban mucho, y él me rectificó con un “las espadas no cortan, se usan para luchar. Para cortan están otras, como pueden ser las dagas y para clavar los espadines, pero los mandobles y las espadas son muy pesadas y no están afiladas”.
 
Sorprendido por las interesantes respuestas traté de continuar resolver mis dudas y le cuestioné: y… ¿Se venden las espadas o la crisis esta perjudicando el sector?. Él, muy amable me respondió: “La crisis para todos está mal y más cuando muchas compañías traen a turistas por agencia y les llevan siempre a tiendas contratadas, las cuales les deja comisión por ventas, pero aun así aquí vienen muchas personas de fuera de Europa, la gran mayoría de ellos en sus países de origen no tienen tanta historia como tenemos en Europa, y en especial en España, les encanta escuchar y conocer nuestra historia y muchas veces solo por tener un poco de historia en sus hogares se llevan una espada. También he tenido clientes que han viajado solo por comprar una de estas” me dijo mostrándome la réplica de la espada del Cid.
 
Tras la larga charla, me di cuenta de que estaba anocheciendo ya que algunas de las farolas que había a lo lejos estaban encendidas y decidí poner rumbo de nuevo a mi especial aventura.
 
El frío corría por los pequeños callejones de esta ciudad, ya era casi de noche. Al alzar la mirada, vi una de las mejores imágenes que podía haber visto, la Catedral estaba completamente iluminada, con una luz muy intensa, tenía que verlo de cerca.
 
Por el camino, me encontré a un chico joven con el pelo rizado y bajito, de unos veintiocho años, con vestimenta moderna repartiendo algunos recortes de publicidad. “Rutas temáticas, Toledo misterioso, Toledo monumental, Toledo mágico” leí en uno de ellos.
 
Interesado, pregunté al joven por el lugar, y me dirigió por unas escaleras de una calle perpendicular donde había una figurita de un señor encorvado, portando un farol con una vela de la cual supuse que sería para darle más misterio. Entré y vi un local decorado de época, con forja y paredes de ladrillo. Allí encontré a una chica que destacaba sobre el resto por su indumentaria y por su color de pelo rojo intenso. Tenía un tono muy agradable. Cuando acabó de atender a una pareja que estaba delante, tocó mi turno y dijo:
 
Paseos por Toledo para descubrir sus leyendas y secretos que nadie sabe, descubrir calles y hechos que sucedieron en ellas, rutas turísticas en horarios de mañana, tarde y noche. Rebajas por contratar varias rutas en un día, era perfecto un día entero conociendo los secretos escondidos de las calles, las cosas que nunca se ven.”
 
Ya tenía plan para mañana. Recogí unos papeles impresos de información y seguí  mi camino de vuelta.
 
Bajando una pequeña cuesta vi por completo el conjunto iluminado, la misma torre de color gris que por la tarde estaba bajo un manto azul y ahora se veía mucho más diferente, cubierta por un cielo estrellado, de sus ventanas salía una fuerte luz azulada. Ahí estaba la blanca catedral bajo una fría noche de invierno.
 
El ayuntamiento también estaba iluminado. Juntos hacían un enorme contraste con el resto de la ciudad ya que parecían de ambientes diferentes salvo por la iluminación blanca que los decoraba.
 
Tras el largo paseo, estaba exhausto y me encaminé de vuelta al principio para recuperar fuerzas para un nuevo día y redimir aquella belleza que aún me quedaba por disfrutar por las rutas misteriosas de la preciosa ciudad de Toledo.