“Las alternativas a la lactosa siguen siendo caras y deberían ofrecer más variedad”

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Natalia Obrero tiene 21 años, es de un pueblo de Córdoba, Posadas. A sus 16 años de edad le detectaron intolerancia a la lactosa. Desde entonces esta enfermedad supuso un cambio en su vida, ya que no podía comer muchas cosas que antes comía. Empezó a tener limitaciones a la hora de comer fuera de casa. Según nos comentó la cordobesa se pasa mal, ya que existen pocos alimentos que pueda comer, porque la mayoría contienen lactosa. También hizo incapié en que no es una enfermedad grave pero que no tiene cura, y que hay que tener mucho cuidado con las comidas que ingieres.

Los síntomas son distintos en cada persona; en el caso de ésta chica, era un dolor muy fuerte en la boca del estómago, se ponía muy pálida y tenía vómitos, al comer alimentos que no debía.

Actualmente, Natalia no puede comer ni embutido, ni congelados, pizzas, algunas salsas, carne preembasada, es decir, tiene que ser carne fresca. En definitiva no puede ingerir nada que contenga lactosa, suero lácteo, leche, proteína de la leche, etc. La lista es larga. 

El único beneficio que tiene esta enfermedad en la vida de la cordobesa, es que lleva una dieta sana, ya que no puede comer bollería, gominolas, pizzas, fast-food, como por ejemplo Mcdonal's.

Piensa que la sociedad todavía no está concienciada del todo con este problema, ya que los restaurantes no ofrecen una variedad de comida sin lactosa. Es verdad que en los supermercados a día de hoy existe más variedad que hace unos años, pero es cara. Para ella que la comida sea más cara que la normal es algo indignante, ya que las personas que tienen ésta enfermedad no es por gusto, y deberían ofrecerla al mismo precio.