OPINIÓN: Son cosas de niños

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OPINIÓN: Son cosas de niños

Diciembre 18, 2017 - 18:14
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Un niño insulta a otro niño. A diario. Le pega, le humilla, le rodea junto a otros niños que le ríen las gracias al líder. El sujeto de las burlas se queja después de mucho tiempo callado por las posibles consecuencias, por el miedo a ser un “chivato”. Los padres de la criatura se presentan en el colegio. Los profesores “no notaron nada”. Se llama a los padres del acosador. “Son cosas de niños”, dicen. Más bien, son cosas de monstruos.

La fundación ANAR (Ayuda a Niños y Adolescentes en Riesgo) detectó 1.207 casos de bullying en España en el año 2016 y, por lo que revelan los mismos estudios, las situaciones son cada vez peores. Es un número alarmante en los tiempos que corren y, por muchas medidas que se tomen al respecto, parece un monstruo imparable, un monstruo nacido de una sociedad en la que la ley del más fuerte no se relega a los animales, sino que se transmite también a los jóvenes: si no te adaptas a la mayoría, mueres. Te devoran. Está justificado reírse de ti y marginarte. Gracias al esfuerzo de muchas personas, hay nuevas campañas de concienciación y ya no es un problema tan aislado.

Sin embargo, la mayor concienciación no es una solución para el problema, cuya raíz sigue estando en los propios acosadores. Cuesta hacerse una idea de qué se le puede pasar por la cabeza a un niño de diez años cuando decide que otro niño de la misma edad debe ser menos que los demás y merece que le golpeen y le insulten por su físico o por lo que le gusta hacer. Muchos dicen que tiene que ver con las circunstancias sociales, que el agresor no tiene la culpa de ser como es. Pero hasta las personas cuyas circunstancias son difíciles saben dónde está la línea. Y pensar que eres el rey del cotarro y organizar grupos de WhatsApp para meterse con un compañero de clase con el que no simpatizas a tan corta edad es algo escalofriante. Y ni siquiera pongo en duda que tus padres te hayan educado correctamente.

Ningún agresor es un “pobrecito” y ninguna víctima tiene la culpa de que le acosen. Recordando el caso de La Manada y parafraseando a todas las personas que se quejan de que se desacredite a la víctima: ¿desde cuándo la persona que sufre tiene la culpa y debe avergonzarse del “qué dirán” si decide confesar lo que ocurre? El número contra el acoso escolar (900 018 018) se habilitó después del suicidio de un niño de 11 años, que fue lo suficiente mediático como para sacudir conciencias y disparar diversas campañas contra el acoso escolar. Y, cuando surja el siguiente caso gordo del que se pueda hacer un circo, se habilitarán más medios para ayudar a estos niños. Pero, por mucho que se haga, el problema sigue estando entre nosotros si se sigue viendo a los agresores como víctimas de la sociedad e incomprendidos que no tienen otra manera de gestionar lo que les ocurre. Porque son niños, claro. Qué van a saber ellos.

Es innegable: ahora estamos mucho más preparados para combatir el acoso escolar que antes. Pero, entonces, ¿por qué el problema sigue creciendo? ¿Es problema de la educación, de la tecnología? En lugar de señalar culpables que no sean otros que los propios niños o de los padres que les rían las gracias, busquemos una manera de que las víctimas de bullying no sientan que se tiran a un pozo cuando exponen su caso. Porque, para muchos adultos, que un niño haga que otro no quiera ir a la escuela o se plantee el suicidio se arregla con indiferencia, porque no pasa nada: son cosas de niños.

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