Lo que el fuego se llevó

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El 2 de agosto de 1849 moría en El Cairo Mehmet Alí, virrey del sultán otomano en Egipto, enviado a este país para combatir la invasión francesa que Napoleón estaba llevando a cabo sobre aquel territorio, tan pobre, pero tan fundamental como centro estratégico y ruta comercial entre Oriente y Occidente. 

Aunque Mehmet Alí consiguió mantener al margen a las fuerzas colonizadoras de occidente y cumplir con el designio del sultán, el militar aprovechó las rencillas internas del Imperio Otomano para hacerse con el poder en Egipto en 1805 y comenzar una serie de campañas expansionistas dirigidas hacia Siria y Palestina, orientadas a la obtención de recursos y la modernización de la que en su día una de las principales cunas de la civilización. 

Hasta entonces y tras la caída de los faraones fueron Grecia y Roma los grandes conquistadores de la zona. Sin embargo, los romanos solo fueron capaces de mantener su influencia durante trescientos años tras la muerte de Teodosio (395 d.C) y la consecuente fractura del Imperio Romano en dos. El Islam llegó a Egipto en 639 d.C por obra del califa Umar Ibn Al-Jattab, suegro de Mahoma, quien permitió la libertad religiosa e introdujo la cultura árabe, que más tarde calaría en la administración pública y la educación e influiría en las artes, ciencias e incluso la arquitectura egipcia.  Así, desde la llegada de Umar Ibn Al-Jattab hasta 1517 d. C. Egipto fue gobernado primero por los árabes, luego por la dinastía de los fatimíes, después por el kurdo Saladino y, finalmente, por la dinastía de los mamelucos, antiguos esclavos del ejército de Saladino que se instalaron en Egipto (considerado ahora estado vasallo del Imperio Otomano) hasta que fueron expulsados por el ejército de Napoleón en 1798. Pero para entonces, la cultura del islam ya estaba fuertemente arraigada a la población egipcia, al igual que en todas las zonas ocupadas por el Imperio Otomano.

El éxodo de un Corán

Egipto nunca ha sido un país pacífico. Lo cuentan las hojas de un Corán y un libro de oraciones coránicas, manuscritos por varios viajeros oriundos de la tierra de las pirámides, que huyeron de las miserias de la guerra a lo largo de doscientos años, desde la época de Mehmed Alí hasta mediados del siglo XX; desde las orillas del Nilo de donde proceden sus pastas hasta Oriente -sus propietarios llevarían a cabo su peregrinación hacia La Meca-, y de nuevo atravesando el Sáhara hacia Marruecos. En Marruecos esperarían encontrar por fin un refugio seguro pero hallaron, en su lugar, nuevas tensiones surgidas por los intereses de España y Francia y las pretensiones anexionistas de Argelia en la década de 1890. Más tarde y tras medio siglo de guerra y tensiones, volvió a estallar un nuevo Conflicto en el Sáhara Occidental (1974-1991). Migrando en busca de un hogar sin enfrentamientos, los dueños de este Corán terminarían por instalarse en Malí, y estos tesoros árabes en manos de un vendedor de Dilly, en el Círculo de Nara y cercano a uno de los campos de refugiados fronterizos a la zona de los tuaregs (y otros grupos yihadistas) y la zona sur, defendida por la milicia francesa de la Misión de Naciones Unidas para la Estabilización de Malí (Minusma). Quizá los viajeros no encontraran paz en su último asentamiento, pero el Corán y librito de oraciones coránicas fueron vendidos a un español y continúan su periplo en busca de un lugar sin guerra.

El Corán en cuestión está destrozado: las pastas, de piel marrón, antiguamente marcadas con motivos geométricos, están desvaídas y pegadas con un esparadrapo sucio. Acogen unas páginas amarillentas por la exposición al sol, mojadas, usadas, marcadas con yemas sucias e incluso quemadas. Sus hojas carcomidas relatan una historia sagrada escrita cuidadosamente, con plumilla negra y escarlata y anotaciones marginales a grafito.

El último anticuario que adquirió los libros, de origen andaluz, trotamundos y con más de veinte años de experiencia en la profesión, dice preferir no desvelar su identidad. Apunta a que las guerras en África y Oriente Próximo “han hecho que desaparezca un mercado de libros muy importante”. Y es que los árabes no trajeron consigo solo el islam, también cientos de bibliotecas cuyas principales obras eran “tratados de medicina, naturaleza y astronomía”, donde se detallaban aspectos clave del origen de las enfermedades y unas curas muy avanzadas para la época. 

El libro más pequeño que muestra es el de oraciones coránicas, con las tapas de piel oscura menos sufridas, pero marcadas violentamente por una pluma. Posee una serie de inscripciones en los márgenes e incluso garabatos que fueron las primeras palabras de algún niño. “Ese libro”, dice el anticuario, “data de principios del s. XVIII. Está escrito en dialecto sufí, como podrás observar por la escritura alargada y ornamental, que recuerda claramente a los azulejos sevillanos”. Le caben pocas dudas de su origen egipcio, de alguna zona fronteriza entre dicho país y Sudán, puesto que la pasta fina de las hojas está compuesta, entre otras cosas, por papiro.

Saqueo y cenizas

Debido a las constantes tensiones entre la cultura Occidental y la Oriental y el fanatismo religioso que llevó, en el caso de España, a la conversión forzosa de judíos y musulmanes al cristianismo por parte de los Reyes Católicos en 1492 o a la expulsión de los moriscos en 1609, las artes y las ciencias musulmanas perdieron el prestigio de los tiempos de Al-Andalus. Según este anticuario, todavía hoy muchas sociedades occidentales arrastran la lacra de los “malentendidos y conceptos erróneos” sobre la cultura musulmana. Al preguntar de qué clase de conceptos erróneos habla, el tratante contesta que “existe una concepción falsa del mundo árabe a causa de la religión”, porque muchos conflictos se han justificado por ella y entendemos que la vida del musulmán gira únicamente en torno a la religión, cuando muchos de ellos se han dedicado a la erudición y el minucioso cultivo del conocimiento, traduciendo y reescribiendo obras de la misma forma que el clero cristiano en épocas anteriores a la imprenta; también propiciando la creación de  concurridas bibliotecas públicas, centros de enseñanza en mezquitas y palacios. Tanto es así, que muchas familias coleccionaban los libros y lograban alzar extensísimas e imponentes bibliotecas privadas.

Los líderes, sin importar que sean políticos o religiosos, ven en las bibliotecas una fuente ideológica a exterminar, y por eso la mayoría de los conflictos armados resultan en una calamidad cultural: porque queman y destruyen las bibliotecas. “Fíjate hasta qué punto se ha involucionado, que pueblos del norte de África que antes contaban en sus centros de enseñanza con varios cientos, incluso miles, de ejemplares, a día de hoy (siendo colegios) solo tendrán veinte. Y tan antiguos y frágiles que podrían considerarse antigüedades.”  

Por último, el anticuario muestra una finísima y única hoja, perteneciente a un Corán del s.XVII, de procedencia persa y filigranas que en su día fueron doradas. Se trata de un tesoro obtenido tras la Guerra del Golfo , y vendido en un tenderete de Anah (Irak) como si fuera un imán de regalo, al igual que otros cientos de fragmentos quemados y mutilados de sus libros originales porque las bibliotecas de las que procedían habían sido bombardeadas o destruidas. El País publicaba en 2003 un artículo donde Robert Fisk, corresponsal de The Independent, narra cómo cientos de documentos de valor incalculable ardían en llamas, pocos días después de que la guerra acabara también con el Museo Nacional y la Escuela de Estudios Islámicos. La BBC informaba de que entre las obras perdidas se encontraban “los primeros ejemplos de la escritura y los sistemas numéricos de la Humanidad. Nadie sabe dónde están 50.000 de los 200.000 objetos que albergaba el Museo Nacional.”