Artesanía alpujarreña: la sabiduría del pasado se enfrenta al presente

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Artesanía alpujarreña: la sabiduría del pasado se enfrenta al presente

Diciembre 01, 2017 - 13:32
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Sus talleres, enclavados en un paraje excepcional, recogen toda una sabiduría en peligro de extinción. Estas son las historias de algunos de los artesanos que resisten en la Alpujarra
 

Chimenea tradicional alpujarreña en Bubión. Foto: Déborah Pérez Marrodán

No es ningún secreto que algunos de los pueblos más bonitos de España encuentran cobijo entre las laderas agrestes de la Alpujarra granadina. Los icónicos pueblos blancos del Parque Nacional de Sierra Nevada albergan una magia que ha conquistado ya a millones de visitantes, fortaleciendo así una industria turística de la que depende en gran medida la economía de la zona. El atractivo es innegable e instantáneo: llegar a la Alpujarra es aterrizar en un pequeño universo paralelo de casitas encaladas, madera curtida por el frio invernal y chimeneas circulares y humeantes, que desafían inmutables al gélido invierno de la sierra granadina.
 
En esta galería de Flickr se puede observar al completo el reportaje fotográfico realizado.
 
Artesanía alpujarreña: la sabiduría del pasado se enfrenta al presente
 
A pocos kilómetros de la meca andaluza del esquí y compitiendo con los atractivos de la capital, el turismo rural se revela como el gran aliado de la comarca alpujarreña, que combina la oferta hostelera con un sector en vías de extinción que disfruta aquí de algo parecido a la normalidad: la artesanía. Las callejuelas empinadas de los pueblos del Barranco del Poqueira, declarado Conjunto Histórico-Artístico por su patrimonio cultural y quizá uno de los enclaves más representativos de la zona, son toda una ruta por el pasado… Un pasado que, aquí, está muy presente. Telares de madera, talleres de toda clase donde se trabaja desde el cuero hasta la cerámica, pasando, cómo no, por las omnipresentes jarapas; decenas de comercios ofrecen al turista un amplio surtido de productos realizados de forma manual o por pequeños negocios, muchas veces familiares, que entremezclan técnicas modernas con la sabiduría de toda una comarca.
 
Lanjarón sigue siendo la primera gran parada de cualquier recorrido por la Alpujarra. Conocido a nivel nacional por los manantiales de agua minero-medicinal que afloran en él, el municipio cuenta con un hotel balneario de cuatro estrellas que no hace sombra a los oficios tradicionales que aún se cuelan entre los acondicionamientos turísticos. Casi enfrente del balneario, un cestero moldea el mimbre mojándolo en la fuente, para hacerlo más flexible. No es extraño ver cómo la gente se acerca para verlo trabajar y, tal vez, escoger alguna de sus creaciones como recuerdo de su visita al “pueblo del agua”.
 
Fuera del núcleo urbano, pero dentro aún del término municipal de Lanjarón, la oferta de experiencias sensoriales puramente alpujarreñas alcanza un punto álgido: tras una revuelta de la carretera, inevitablemente sinuosa, se sitúa la Venta del Chaleco, una pequeña empresa familiar centrada en la producción y comercialización de productos de la zona. Las medallas de plata y bronce obtenidas en los Word Cheese Awards de 2016, en San Sebastián, por dos de sus quesos de cabra, avalan la trayectoria de este negocio artesanal, que lleva asentado en Lanjarón tan solo dos años. Francisco, Paco, Fernández, un emprendedor nato que lleva decenios en el sector de la alimentación, recibe a los clientes con una selección de sabores impecable, organizada en forma de degustación tanto de quesos como de mermeladas, el otro producto estrella de la Venta. Fresas con cava, manzanas con sidra, higos con pasas, té verde con miel y canela,… el abanico de mermeladas es aún más amplio que el de quesos y no le va a la zaga en absoluto en textura y sabor.
 
Seguir avanzando y dejar atrás sugerencias tan tentadoras requiere todo un ejercicio de voluntad, pero aún queda por conocer algo más del Barranco del Poqueira y sus tres pueblos, que tachonan la ladera con su blancura casi inmaculada. Como en toda la Alpujarra, llaman la atención las terrazas, sembradas de frutales y almendros, y se constata con facilidad que la arquitectura propia de la zona forma parte del legado de una cultura que perdimos hace siglos. Estos asentamientos tienen su origen en las colonias bereberes, que hicieron de la comarca su hogar durante la ocupación árabe.
 
Pampaneira, el primero de los tres pueblos del Barranco, representa un estilo de vida que ha fascinado a artistas y profanos, atrapándolos con su promesa de convivencia, naturaleza y paz. ¿Es tan solo una promesa? Ester Mayorga, vidriera artística afincada aquí desde hace 17 años, cambió Madrid por la Alpujarra cuando ser artesano en este pequeño paraíso de la manufactura era rentable. Aún ahora, mientras el país sale a duras penas de una crisis que se ha cobrado decenas de negocios artesanales en la zona, Ester no se arrepiente de su decisión. “No cambio esto. Es el trato con la gente, el ritmo de vida, este ambiente, el aire…”. Es cierto: incluso el aire es diferente. La contaminación de la ciudad es una distopía en la Alpujarra. Pero, a pesar del balance positivo de una vida en Pampaneira, la situación de los artesanos se ha vuelto inquietante. Tesoros culturales en forma de técnica y oficio se han visto en muchos casos avocados al desastre, tras desencadenarse la crisis y perder a la vez parte de la clientela y las pequeñas subvenciones que velaban por la conservación de estos conocimientos.
 
Ester, además de sacar adelante su tienda, Decolores, y el taller donde sigue creando arte y luz a través del vidrio, es también la presidenta de la Asociación de Artesanos de la Alpujarra, que en unos años ha pasado de sobrepasar ampliamente los 100 miembros a rondar agónicamente la decena. Tras el golpe de la crisis, muchos han perdido el interés por la Asociación y se conforman con tratar de salir adelante, mientras que otros han tenido que cerrar tanto tiendas como talleres. El problema no se limita a la crisis, comenta Ester ¿cómo puede competir un artesano, teniendo en cuenta la diferencia del coste de producción, con productos que llegan de China a precios ínfimos?
 
En Pampaneira se encuentran también la tienda y el taller de Mercedes Carrascosa, que sigue adelante pese a todo tras una vida dedicada al telar. Ella ha encontrado un nicho de mercado en la exportación por encargo y puede presumir de tener clientes a lo largo de todo el globo. Sus manos mágicas y su telar son los responsables de la manufactura de cortinas, chales y otros diseños y para ello trabaja con materiales tan delicados como el algodón y la seda. Lo que cuenta Mercedes confirma lo que ya se nota desde la llegada a la Alpujarra: aquí la vida funciona de forma diferente. Habla tranquila, no se agobia por los encargos internacionales que va acumulando, su trabajo es importante y necesita que el producto sea de calidad. Aquí el tiempo es lo de menos, dice. La cultura de la inmediatez no ha podido con el buen hacer de su telar.
 
Seguimos hacia Bubión, el siguiente pueblo, para ver el taller de Jarapas Hilacar. Su creadora, Ana Martínez, lo mantiene abierto al público para mostrar a los visitantes los entresijos de la elaboración artesanal de una pieza textil de estas características. Es posible que, a estas alturas, alguien se pregunte qué es una jarapa. Bien, la jarapa alpujarreña es un tejido grueso usado, generalmente, como alfombra; pero no es una alfombra cualquiera. La jarapa alpujarreña es una alfombra con un encanto especial… tal vez sea por ser, precisamente, alpujarreña. No es extraño que, en la plaza de uno de estos pueblos, la mitad de los poyetes esté cubierta por jarapas de todos los colores imaginables: formarán parte, sin duda, de la exposición de alguna o varias de las tiendas de artesanías del lugar.
 
El último pueblo del Conjunto Histórico del Barranco del Poqueira es Capileira que, junto con Pampaneira, es conocido como uno de los pueblos más bellos de la geografía española. Sus recovecos salpicados de flores y el agua helada y cristalina que los recorre ayudan sin duda a causar una fuerte impresión en el visitante, que se pierde entre las callejas empedradas buscando fantasmas bereberes que parecen ir a doblar la esquina con el murmullo del viento.
 
Más cerca que nunca del núcleo del parque Nacional y Natural de Sierra Nevada, castaños y frutales se dan la mano para resistir al invierno, que pronto sazonará las cimas de nieve. Antes de que llegue, excursionistas aficionados y senderistas reincidentes aprovechan para recorrer los diferentes senderos que nacen del extremo norte de Capileira. Mientras, dentro del pueblo, otro taller, el de J. Brown, introduce a propios y foráneos en el trabajo artesanal del cuero. Su dueño es José Moreno, que llegó a la Alpujarra siendo un muchacho para integrarse en una comunidad que, pasado el tiempo, se disolvió. Fue así como comenzó con la tienda-taller de cuero, que antes formaba parte de la comunidad, y en la que, tras decidir conservarla y llevarla consigo, lleva ya veinte años. Con ella ha conseguido ser su propio jefe, aunque para lograrlo tenga que lidiar con el coste de ser autónomo.
 
J. Brown es tan solo otro de los muchos negocios que permanecen luchando por conservar la sabiduría tradicional de los oficios relacionados con la elaboración de productos. En Pitres se encuentra una de las fábricas artesanales de chocolate que se mantienen, con cierto éxito, en la Alpujarra y en Pampaneira hay también apicultores y tiendas de caramelos naturales donde el cliente puede ver directamente, a través de un cristal, cómo se hace el producto que está comprando.
 
Las facilidades no les llueven pero los artesanos de la Alpujarra sobreviven aún. Llegaron a donde están ahora provenientes de otras ciudades, algunos de otros países, otros simplemente nacieron enamorados de este lugar y no contemplan marcharse. Unos tuvieron que rendirse y cerrar para siempre la puerta de sus talleres, pero los que quedan están dispuestos a luchar por mantener viva la sabiduría de los oficios artesanales, la riqueza de los productos de la tierra frente a la importación masiva, la cultura de lo hecho a mano, con cariño, con las recetas de esa abuela que todos tenemos, con tiempo, con maña. Con arte.
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